Destello
Para Mario
Que no exista el mundo
mientras nuestras piernas se entrecrucen.
Que los polos se derritan
mientras nuestro sudor se junte.
Y las tormentas de arena que lleguen
para llevarse la dulce duda que deviene al amanecer.
Que las auroras boreales escondan el enfado del sol
sus llamaradas que gritan el auxilio de la tierra.
Y que nos encuentre nuevamente el beso
que borra los caprichos del pertenecer.
Benigno
Creo en tu palabra,
aquella que con la calma brota.
Creo en el néctar jugoso
de tu carne
y en la larga espera que trae el alba.
Creo en ti
dulce bien de primavera,
cereza que no daña.
Creo en lo virtuoso de tu ser
cuando se encuentra en el deseo del suspiro.
Creo en tu susurro junto a las piedras del río
que baña la inocencia
y guarda la mirada.
Creo en el regocijo.
Creo en el llanto eterno
y en el resignificar de los sentidos.
Creo en mí.
Creo en ti.
En nosotros.
Santa María
Para A.
De las sombras brota la figura de esperanza,
un cobijo de ternura inabarcable.
El beso que nada calla,
la risa espontánea.
Me pides cerrar los ojos,
confiar a ciegas,
preguntas por el deseo
y muestras el camino.
Tomas mi mano
y con ella el sueño no hablado.
Me guardas en el silencio de tu madrugada,
en la caricia frenada
y en las miradas ancladas
era tu mano en mi rostro la que me guiaba
era tu amor el que guardabas
eran tus nervios los que enraizabas
era tu alma la que mirabas
era tu beso el que soñaba.
Letanía de la tormenta
Te llamas por quienes te han llamado
[amado].
Te llamas y no hay respuesta,
no hay respuesta porque en la pregunta inicial
no hubo
transgresión.
No existe acción.
Capaz de erradicar el daño,
capaz de enfrentar los miedos,
capaz de buscar la pureza.
¿Cuántos son los deseos en vano?
El peligro al que te condenaron,
la inmediatez de la soga amarrada al cuello.
Yo tengo tu veredicto
pero no poseo tu futuro.
Te condenaron por miedo a lo que nunca fuiste capaz de ser.
Te condenaron por la violencia imaginaria.
Negaron lo posible.
Te condenaron sin confesión alguna.
Te condenaron
y me llevaron contigo.
De[signación
─¿Cómo te llamo?─ pregunto.
─Mario─ respondes
y tu nombre remite al gemido de la tierra
y en tus manos encuentro la dicha constante.
Para qué es necesario el apodo
si tu nombre es la presentación ante el mundo.
─¿Cómo me llamas?─ pregunto
y nuestros labios se unen
como si fuese la unión de nuestros nombres.
─Más fuerte─ me dices
y mi voz guía nuestro encuentro,
me vuelve cómplice de todas aquellas
que te llamaron antes,
de los delirios y virtudes
que hallas bajo las faldas.
─¿Cómo nos llamo?─ pregunto
y la duda se apacigua
ante los planes venideros.
Guarda los nombres
para la criatura que engendremos.
AUTORA







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