Irse resulta un acto extremadamente variable porque podemos irnos de todos lados y en cada ocasión lo significaremos de formas distintas, a veces, resignificaremos esos momentos una y otra vez por la eternidad, lo que nos mantiene intranquilos acerca de si debimos o no irnos de algún lugar, irnos de alguna persona o irnos de algún momento.

Lo seguro es que a lo largo de la vida debemos movernos hacia lo desconocido dando saltos obligados hacia una incertidumbre que de forma extraña parece, muchas veces, atractiva.

Mi historia personal está marcada por la sensación constante de abandonar un lugar, y muchas veces mientras observo al individuo de cabello permanentemente insatisfecho y lentes poco favorecedores que aparece frente a mí a través de la ventana de mi espejo cada mañana me pregunto ¿cómo es que llegamos todos a donde estamos parados? ¿cuáles son las posibilidades de? Y es que hace veinte años jamás imaginé que llegaría a preocuparme por estas cosas. Crecí una parte de mi infancia en un pueblo en medio de la sierra en el que ni siquiera nací, rodeado de calor y un entorno diferente a la capital, donde vivía en una ingenua felicidad infantil en la que el mundo medía apenas unas cuadras. Más allá de eso no había nada, nada que pudiera interesarme o que no existiera únicamente en la teoría. Lamentablemente para mi sedada incomprensión de la vida desperté del sueño con el sonar de tres disparos que arrancaron pedazos pequeños de vidrio de la entrada de la casa, pero arrancaron en mayor cantidad toda mi cotidianeidad conocida.

Al siguiente día me despedí de mis amigos, caminé de vuelta a casa con la mujer que me cuidaba con una lealtad mayor a su salario y me subí en el asiento trasero de un coche ajeno agachando la cabeza para levantarla únicamente en terreno desconocido que tendría que conocer porque jamás volvería a esa infancia. Solo en ese momento fui consciente de que vivía en México, que así eran las cosas en este país y que había niños que vivían sin esas preocupaciones, pero no aquí, allá, muy lejos.

Pocas veces a lo largo de mi semana pienso en esos acontecimientos y llego a la misma conclusión: de no haber sido por esos estruendos hoy sería seguramente profesor de primaria en algún pueblo del interior del país con propósitos fijos y conocedor de todos los misterios de mis más cercanos kilómetros; en cambio hoy, soy un empleado precarizado que despierta ansioso por las noches al no saber cómo hará para pagar una renta excesiva de algunos metros cuadrados, pero que al menos es consciente de porque va a padecer de lo que todos padecen y eso me parece en cierto modo maravilloso.

Irse es también llegar a algún lado, incluso cuando nos quedamos a mitad del camino, porque un camino es también un lugar al que llegar. Mi camino inconcluso se detiene en la Ciudad de México que para ser realistas no me pareció nada del otro mundo cuando bajé mis maletas del coche y me instalé en la parte superior de una litera en Copilco pues, aún para desconocimiento del centralismo en que giran los capitalinos, lo cierto es que en las ciudades del centro del país crecemos sabiendo lo que es y lo que no es la Ciudad de México y al poder comprobarlo con mis propios ojos fue exactamente lo que esperaba: Una mancha gigante de concreto donde si revisamos en el fondo de cada persona, a nadie le importa mucho lo que pase con alguien más. Y esa total carencia de interés es una de las convenientes amenidades de vivir en este monstruoso desarrollo inmobiliario, porque a nadie le importa lo suficiente que tú seas libre: puedes salir una mañana con la ropa interior por fuera y andar por las calles recibiendo miradas de desaprobación que nunca son suficientes para de hecho hacer algo al respecto. Aún así, la ciudad se queda corta en este tipo específico de desinterés y muchas personas hacen sus mayores esfuerzos por mantener a todos atados a lo que entienden por civilidad y nos atan a quienes seamos diferentes con insultos, con desprecios, con violencia; pero esto es México y recibir este odio en la capital sigue siendo mejor que recibirlo en algún otro lugar, aquí cuando alguien te mate al menos habrá algunas personas quejándose del asunto por uno o dos días dependiendo de qué tan mediático hayas procurado ser.

A pesar de sus carencias, destaco que la Ciudad de México es donde todo el tiempo la gente vive en un constante irse, llegar, quedarse y muchas veces, como es mi caso, vivimos también en la duda sobre a donde hay que movernos cuando sea necesario. Diariamente me pregunto si debo ir a esa fiesta y si debo irme cuando llega la hora, si debo ir a trabajar o si debo quedarme a vivir en la anarquía, y más intimidantemente me pregunto si debo irme o quedarme en la ciudad.

Esta última pregunta no apareció en mi cabeza durante todos mis años como estudiante, y con justa razón, la pasaba bien, vivía en un bonito departamento a algunos pasos de Coyoacán, disfrutaba la vida sin pensar en la incertidumbre que representaría la ciudad en un futuro. Hoy en día no tengo certeza de qué debo hacer para mantenerme en pie, de con quien debo estar para sentirme completo y tampoco sobre si seré capaz de mantener el rostro arriba en una ciudad que te baja la cabeza constantemente. Una de las pocas certezas que tengo es que pronto ya no tendré un ingreso suficiente para seguir viviendo en ese bonito departamento en Oxtopulco conforme la calle se llena de coches blindados y precios elevados.

Todo este tren de pensamiento me lleva a repetirme las mismas preguntas ¿por qué llegué a esta ciudad? ¿qué me sostiene a este piso de concreto? ¿podría ser yo en algún otro lugar? Y, sobre todo, la pregunta que debería mantener despiertas a las familias chilangas trabajadoras ¿cuánto tiempo podré quedarme aquí? Pensando que estas son preguntas que no solo me causan ansiedad a mi he decidido hacerlas a otras personas cuyos razonamientos podrían ser distintos y me han dicho cosas diferentes:

Carlos es un pintor, apasionado por la botánica y el cuidado de especies exóticas, pero además copropietario de un restaurante bien ubicado que siempre ha vivido en la Ciudad de México, su principal interés con seguir viviendo aquí es, casi obviamente, su trabajo y familia y aunque sí ha considerado mudarse en algún momento a otro inespecífico lugar del mundo tiene la certeza lógica de que podrá quedarse aquí el tiempo que quiera.

En un contexto distinto, Adela es una estudiante del norte de la ciudad fanática de One Direction que trabaja en la Narvarte y cuya familia ha vivido en la urbe por cuatro generaciones, aunque nunca se ha hecho este tipo de preguntas considera que la ciudad le gusta, está acostumbrada y no le gustaría mudarse a otro lugar, quizá por trabajo únicamente. Aunque cree que podrá seguir viviendo aquí le teme a lo cara que se ha vuelto la ciudad y a que eso la obligue a migrar.

Ana, reciente tesista y ocasional fitness person, tiene claras sus perspectivas profesionales, llegó hace casi cinco años a la capital para estudiar su licenciatura y si sigue aquí es por intereses académicos y su perspectiva a titularse, aun manteniendo una relación amorosa es consciente que se irá a donde su carrera profesional la lleve y aunque no es algo que le cause preocupación alguna, no cree que siga viviendo en la Ciudad de México por mucho tiempo.

Una profesora, apasionada del yoga y poeta, Idea, llegó a la Capital para estudiar hace algunos años pero casi inmediatamente de egresar se convirtió en una residente chilanga de día, es decir, trabaja aquí pero regresa diariamente a su casa a una hora de la Ciudad de México, esta situación hace que considere irse en algún momento a otro lugar sin mucha dificultad y en sus propias palabras: desde la pandemia, no considera como esencial vivir entre la urbe, donde habitaba antes del sanitario acontecimiento.

Finalmente, Prince, ilustrador, conocedor de la música alternativa, los lugares interesantes para salir y de las citas líquidas, llegó desde muy niño porque sus padres eran dueños de una casa muy céntrica en la ciudad y si sigue aquí es por su interés de estudiar más, por supuesto que consideraría mudarse por alguna oportunidad laboral y consciente de los costos de vida que aumentan día a día sabe que no podrá quedarse aquí por siempre.

En unas pocas personas he encontrado una variedad interesante de perspectivas sobre el irse, llegar y quedarse; Carlos es alguien cuyo viaje se ha desarrollado en el quedarse, su destino es la ciudad, al igual que Adela, quien no se cierra al irse y otros casos como Idea, Ana e incluso Prince en cierto modo, donde la Ciudad de México ha sido ese lugar a mitad del camino. En estas variables queda solo preguntarse a uno mismo si se es parte del grupo que se va, del que se queda o incluso del que llega, aunque nunca sabemos realmente si estamos llegando para quedarnos o para irnos, y también, nos salta en la mente la duda de entre todo este mar conformado por veinte millones de personas ¿cuántas se van a quedar?, ¿cuántas están de paso?, ¿me iré con ellas?

Una pregunta que me gustaría ser capaz de responder por mí mismo, pero si algo caracteriza a esta bestia urbana es que todo depende de todo y, como nos damos cuenta, hoy pareciera que el dinero de un modo u otro nos dice a donde ir, pero también nos lo van dictando nuestras decisiones, nuestros sueños, las personas con quienes somos lo que somos. Vivimos aquí en una falta de certeza y hoy se cumplen dos años de que, mientras caminaba, le dije a un amigo señalando el letrero de un café sobre Miguel Ángel de Quevedo que una de las cosas que amaba de esta ciudad es la constante incertidumbre de si ese letrero caerá para matarte o no, y que me parecía una de las cosas más bellas de una ciudad como esta, pero también de la vida misma.

¿Podré costear en algunos años vivir en esta capital? No lo sé, ¿la gente que quiero se irá? Lo desconozco, ¿seré una persona que se va, que se queda o que llega a algún lugar? No lo sé porque irse es una decisión que solo toma la incertidumbre de la vida, la incertidumbre de esta ciudad.


AUTOR


ILUSTRADOR

Diego Bernal (Ciudad de México, 1997). Ilustrador y artista visual. Comparte su trabajo en su Instagram (@6_4iego).

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