I

Manuel insiste en que no las llame columnas, en que son, como aparece en el sitio, “espacios permanentes”. Lo anterior para mantener la posibilidad abierta en caso de que en el futuro queramos colgar ahí algo que no sea estrictamente una columna, aunque lo cierto es que ninguno de los dos tenemos claro que otra cosa podríamos poner ahí que al final no cayera de cualquier modo en esa ambigua categoría en la que se incluyen series tan dispares como la que Ángeles Mastretta escribía en el periódico Ovaciones en los setenta y que tituló “Del Absurdo Cotidiano” (hoy en día, es posible leer a Ángeles en Nexos en un micrositio con este mismo nombre) y los artículos que Pérez Reverte publica en El Semanal.

La palabra espacio en espacio permanente es también de una imprecisión notable y evoca una amplitud a la que cuesta, de hecho, serle indiferente. Barajamos la posibilidad de que MesADerramadA se llamara Espacio Derramado durante un tiempo, cerca de tres semanas y durante las primeras etapas de la planeación. La palabra espacio había brotado después de hacer el ejercicio de buscar en nuestros libreros algún libro que nos “vibrara”, para después abrirlo frente al otro y leer la primera palabra que nos encontráramos (todo esto, por supuesto, en una videollamada, pues Manuel está a más de 1000 kilómetros y era febrero o marzo, de modo que ninguno podíamos abandonar nuestros compromisos para abrir libros ante la estricta presencia física del otro). Manuel leyó espacio mientras que yo leí vinagre, pero Espacio Avinagrado no nos parecía el nombre que estábamos buscando, así que intentamos nuevamente la segunda palabra hasta que estuvimos conforme con la parte de derramado. Otras opciones eran: rata, diecisiete, biopolítica, pastizal y abuela.

II

Trabajamos en el proyecto intensamente desde febrero, cuando surgió la idea. Era simple al inicio: tener un lugar donde poder escribir y ser leídos, y donde los demás (todxs, todas las personas posibles) pudieran hacer lo mismo. Por ese entonces MesADerramadA era, pues, esa oración, pero pronto nos dimos cuenta de que la concreción de ese lugar iba a ser, en términos reales, mucho más compleja de lo que imaginábamos y que, de hecho, de simple tenía poco. Creo que si algo hemos aprendido desde entonces es que las palabras no son algo simple en absoluto, ni siquiera las que pronuncian dos morritos de veintitantos años en una noche de sábado. Especialmente esas.

Vinieron los días y con ellos las preguntas: ¿dónde sería? ¿cómo? ¿se trataba de una revista? ¿queríamos ser un Letras Libres o una Revista Sur? ¿qué de importante teníamos para decir nosotros para que todo ese esfuerzo valiera la pena? Sin duda alguna, dichos cuestionamientos parecían trascendentales, pero los contestamos como en tres minutos. El entusiasmo podía más que todo. Ambos consultamos amigos, mentores, gente que nos pudiera dar algunas indicaciones respecto a donde dirigirnos. Pronto empezamos a tener puntos en común: al estar tan lejos, tenía que ser forzosamente algo digital, tampoco podía ser una revista pues a ninguno de los dos nos gustaba el asunto de establecer una periodicidad (a Manuel lo limitaba y, por el contrario, a mí me demandaba demasiado compromiso); debía ser accesible tanto para la consulta como para la publicación, de modo que rechazamos de inmediato la idea de un boletín, además tenía que tocar temas que a nosotros nos parecieran importantes e interesantes (terminaron siendo seis) y debía, forzosamente y esto más por capricho mío, tener algún tono de azul en su paleta de colores. Total, que cuando menos lo pensamos ya habíamos comprado el dominio web y empezado a diseñar el sitio.

Manuel hizo las redes y el logo, y lo cierto es que todo el espíritu del proyecto desde la declaración de principios y valores hasta los borradores que nadie más que nosotros vio sobre los criterios editoriales, el manual de estilo, la planeación de los “recurrentes” (más tarde los dichosos espacios permanentes), y la selección de los primeros colaboradores se lo debo también a él, además de por supuesto las continuas llamadas que me hacía al orden y a la estructura sin las que seguramente me habría perdido o retrasado todavía más de lo que lo hice. En fin, que yo vi muchos vídeos en youtube sobre el diseño en wordpress y me encargué del armado de la página, del diseño de la convocatoria y de seleccionar, por mi parte, otro grupo de personas para que escribieran las primeras colaboraciones de la página que saldrían entre agosto y septiembre. Pese a lo que lo anterior pueda sugerir, la verdad es que fue un proyecto mucho más comunitario de lo que se puede apreciar a simple vista: Andrés, que estudia derecho, nos escribió el aviso legal para la página; Liz se comprometió a entrar periódicamente para estar revisando que los avances que hacíamos funcionaran correctamente en todos los dispositivos, Diego se ofreció a ilustrar las entradas de los permanentes, Daniel a hacernos difusión en sus propios proyectos de redes sociales, Sofía a gestionarnos un espacio para hacer la presentación del proyecto, Karime a hacer la revisión y corrección ortotipográfica; y Cielo, Canché, Rodrigo y Valeria nos ofrecieron generosamente los primeros textos que serían publicados, los primeros que vimos y recibimos en el correo. También los primeros por los que sentimos este entusiasmo especial. A veces pienso que recordaré sus nombres toda la vida.

III

Pensé en escribir lo anterior como un pequeño prólogo a lo que realmente quería decir y mientras lo hacía pensaba en esa nota introductoria que Foucault redactó para una de las reediciones de su Historia de la locura en la época clásica y que yo leí gracias al FCE, en donde empieza diciendo que aunque debería escribir un prólogo nuevo para ese libro viejo, no desea hacerlo porque con todas las introducciones siempre se corría el riesgo de querer justificar o de valorizar lo que se escribe, más cuando hay tanta distancia entre el momento en que se produjo el texto y el momento en que se prologa.

Lo tenía en mente porque no quería que me pasara. Venía a mi cabeza que tal vez con eso sólo estaba queriendo dar a entender que el problema descrito en el titular de este texto era, de hecho, mucho menos trivial de lo que se podía pensar. También que había mucho trabajo detrás de ese nombre, que no era sólo un nombre, sino que para mí representaba en muchos sentidos la culminación de un proyecto. A fin de cuentas, habíamos iniciado todo aquello buscando ese lugar desde donde escribir lo que quisiéramos.

Pronto llegó la ansiedad y empecé a sentir que el tiempo me comía. Manuel, fiel a su personalidad, ya había elegido el nombre para su permanente y escrito el texto que la inauguraría. Yo, en cambio, llevaba días buscando inspiración, creyendo que la había encontrado, decepcionándome y retornando de nuevo a la ansiedad. Muchos títulos fueron considerados y escribí muchas cosas mientras tanto, pero de nuevo todas se sentían como una justificación para el nombre: artificiosas, antinaturales, diseñadas. Mientras tecleó estas palabras son las 11:45 am del 21 de julio de 2024 y todavía no encuentro un nombre con el que esté conforme.

IV

Posibles títulos para el espacio permanente según ChatGPT: “Ecos y Matices, Luz y Sombra, Voces en Diálogo, Travesías Culturales, Raíces y Horizontes, Ritmos y Resonancias, Trazos y Encuentros, Líneas Cruzadas, Pasos en la Memoria, Pinceladas de Vida, Fragmentos del Tiempo, Palabras al Viento, Lazos Invisibles, Territorios Compartidos, Ventanas al Mundo, Paisajes Humanos, Puentes de Ideas, Relojes de Arena, Encrucijadas del Saber, Caminos y Ecos, Memorias Fugaces, Versos y Voces, Entretejidos, Herencias Vivas, Sombras y Reflejos, Rituales del Ahora, Visiones Compartidas, Huellas y Senderos, Miradas Cautivas, Rastros y Rastros, Ritmos del Alma, Relatos y Recorridos, Ecos de Tinta, Raíces Errantes, Susurros del Ayer, Manantial de Ideas, Ecos Ancestrales, Reflejos Urbanos, Tras Bambalinas, Murmullos y Silencios, Orígenes Comunes, En Clave de Sol, Ecos del Mañana, Huellas en la Piel, A través del Lente, Entre Líneas, Raíces y Ramas, Horizontes y Puertas, Tránsitos y Umbrales, Narrativas Convergentes, Laberintos Culturales, Resonancias del Pasado, Pliegues del Tiempo, Paisajes Sonoros, Caminos Convergentes, Ríos de Palabras, Espejos de Papel, Arcos y Flechas, Brújulas y Mapas, Ritmos Ocultos, Vértices y Sombras, Tejidos y Despliegues, Fragmentos y Conexiones, Luces y Ecos, Corrientes y Mareas, Ecos en Movimiento, Horizontes Abiertos, Voces del Silencio, Recorridos Paralelos, Sinergias y Encuentros, Semillas de Cultura, Rutas y Rumbos, Ondas y Vibraciones, Espirales de Tiempo, Surcos y Travesías, Cartografías del Alma, Ecos del Horizonte, Caminos sin Fin, Huellas de Arena, Voces Cruzadas, Sombras del Presente, Reflejos del Mundo, Ritmos Ancestrales, Trayectorias Conjuntas, Murmullos del Camino, Ecos y Destellos, Senderos de Luz, Raíces y Ramificaciones, Ventanas y Puertas, Ritmos del Universo, Rastros y Destinos, Fragmentos de Horizonte, Voces y Rutas, Surcos de Tinta, Ecos de la Tierra, Raíces Errantes, Reflejos del Camino, Horizontes y Ecos, Pinceladas y Ecos”.

V

Empiezo a detestar los nombres y hasta el mío comienza a desagradarme. Oscar. Dos vocales. ¿Por qué un nombre necesita dos vocales? Creo que siempre he odiado eso, pero apenas ahora que tuve que pensar detenidamente al respecto me doy cuenta. Me consuela que al menos no están seguidas una de la otra. Es tan innecesario. ¿Por qué? ¿Por el énfasis? ¿Y para qué quiere un nombre ser enfático? Especialmente el nombre de una persona. No lo sé.

Liz, consistente con su formación, dice que, como todo, los nombres tienen una ciencia para hallarse. Ella cree que existe el nombre perfecto y que tarde o temprano terminaré descubriéndolo. No inventándolo. No construyéndolo. Descubriéndolo. Porque está ahí, en alguna parte, ya hecho, a mi espera supongo. Para provocarla le pregunté en que lugares pueda estar un nombre del que no sé nada, ella me miró por tres segundos que parecieron diez, parpadeó dos veces como en las caricaturas y me dijo, tan tranquila, que en cualquier parte. Ella es así, a veces dice cosas muy inteligentes y profundas, pero a veces me fastidia también.

De regreso a casa de estar con Liz seguí pensando en ella, se llama Elizabeth pero desde los trece decidió que sería sólo Liz. Me contó esa historia cuando le traje a colación mi conflicto por los nombres, me dijo que sus amigos tardaron en acostumbrarse, pero que todo fue más sencillo después de que adaptó sus redes sociales a ese cambio, desde entonces hasta su madre, que se empeñaba en llamarle Elizabeth, terminó por acostumbrarse. Yo le pregunté si su madre había elegido su nombre y me dijo que sí, repentinamente sentí mucha pena por la pobre mujer, a mí me molestaría mucho si mi hijo se quitara el nombre que le di. Por lo menos había conservado tres letras.

Ya en mi recamara encendí mi computadora y me puse a escribir un rato, a intentar encontrar eso que Liz decía que sí existía. Después y casi sin darme cuenta busqué el nombre de Elizabeth en Wikipedia, se trataba de un nombre teofórico (es decir que contenía el nombre de una divinidad, en este caso el dios supremo de los cananeos) y en la parte de significado se leía: “Dios es mi promesa”, seguido de una larga lista de las más notables Elizabeth: Bathory, Tudor, Windsor, Taylor, Gilbert, Bennet, Swann. Tras eso intenté buscar Liz en la Wikipedia, pero únicamente apareció una página de desambiguación.

VI

Mi padre se llama Oscar y por él yo me llamo Oscar también. El nombre de Humberto lo heredé del hermano de mi madre, que falleció muy joven y dejando a la familia definitivamente desolada. Desde su muerte hubo dos Humbertos más, uno de mis primos y yo, tal vez como para invocarle, pero eso casi nunca funciona.

Mi abuelo se llamaba Sabino y el padre de él era Jorge. En quinto semestre de la licenciatura hicimos para una de mis clases de investigación un árbol genealógico, de modo que puedo nombrar a mis familiares por línea paterna desde mi padre hasta 1778 cuando aparece el primero de los Molina: Joseph de la Encarnación, que adoptó el apellido de su padrino en lugar del de su padre, Juan Solano, ambos vecinos de Santa Rosa de Cusihuiriachi.

Volví a ese árbol genealógico durante mi “Crisis de los Nombres” (así es como la bautizó Liz, con mayúscula, porque al parecer ella sí que tiene una nomenclatura para todo). Creía que tal vez en el pasado hallaría algo de claridad, me es inevitable por mi formación no pensar que, de vez en cuando, el pasado sí tiene alguna que otra lección que enseñarnos, aunque eso le parezca aberrante a ciertos de mis compañeros de gremio. Pero esta vez no fue así. Hallé, por otro lado, sí un sentimiento de mucha vaguedad y tratando de descifrarlo me enfrasqué en un pasatiempo que me distrajo al menos por un rato de mi obsesionante tarea. La incursión en mi genealogía me sirvió, además, para repasar algunas de las muertes de mis familiares. En la familia Molina los varones mueren algo jóvenes y a veces pienso que ese será también mi destino, además casi todos están enterrados en Cusihuiriachí, ya que no se movieron de ahí hasta l950, cuando mi abuelo, de un espíritu más inconforme que el resto, hizo su familia en una pequeña colonia agrícola de la sierra que se forma entre Bachíniva, Madera y Namiquipa, no sé dónde exactamente.

La muerte me obsesiona. Uno escribe de lo que le obsesiona y siempre regreso a la muerte. El cuerpo, la sangre, los rituales y las casas museo son otros de esos temas que me mueven. Creo que pronto voy añadir a la lista las columnas. O los espacios. Sí, los espacios, creo que es más preciso y Manuel también estaría más conforme así.

VII

Greta lleva desde que me conoce diciéndome que yo escribo como para demostrar algo. Casi siempre es, dice, para demostrar que sé algo, pero a su juicio a veces también uso la escritura para demostrar que “siento algo”. No me molesta, le permito que me diga esas cosas porque no se trata de Liz ni de mi madre, de otro modo creo que me ofendería verdaderamente. Si fuera Liz me pondría mal porque todo lo que ella dice es casi siempre cierto, porque ella me intelectualiza y me descifra de un modo inquietante, en cambio con Greta sí que hay un margen de error e interpretación, además de que en su voz no hay acusación cuando me habla, como si sería el caso de madre. Dicho lo anterior, sí creo que en mi hermana hay una sabiduría profunda y elemental de la que yo carezco, por lo que de vez en cuando dejo de hablar y me siento para escucharla por largos ratos hablar de la escuela y de sus amigas y de nuestras mascotas, como si se tratara de un oráculo. Casi nunca hago preguntas, salvo hoy, cuando le cuestioné como llamaría ella a una columna escrita por mí. “La llamaría Sé Cosas” dijo, y siguió hablando de la vez en que a Chiwis lo corretearon las gallinas.

VIII

El final es más decepcionante o más revelador de lo que hubiera esperado: encontré el nombre. Y lo encontré del modo en que uno encuentra, por ejemplo, la perspectiva o la posibilidad: tomándola y decidiendo que es como debe ser, que lo hiciste y ya. Así envejece uno menos pronto, supongo.

No vino a mí de la forma única en la que lo esperaba ni lo arrebaté del fragmento de alguna canción o poema (y mira que intenté). Tampoco es un gran nombre, signifique lo que signifique eso, pero describe bien lo que hago siempre cuando me siento frente a un computador o frente a un papel en blanco (cada vez menos habitual): enredarme, divagar, dispersarme.

Eran las 3 o 4 de la mañana, no había podido dormir bien los últimos días y veía The Big Bang Theory para distraerme o agotarme. Mis temporadas favoritas son las últimas dos, cuando Sheldon y Amy se casan y ganan el Premio Nobel, creo además que es en ese último arco de la serie donde vemos a Leonard, Penny, Raj, Bernadette, Howard y Amy interactuar más humanamente con Sheldon (salvo algunos momentos puntuales de temporadas anteriores, es hasta entonces cuando me parece creíble este Sheldon humano, permanente humano además), sin por esto dejar de lado sus propias historias: la angustia nupcial del astrofísico, la constitución de la familia Hofstadter, la madurez del matrimonio Wolowitz-Rostenkowski y hasta Stuart, el gris y serio vendedor de cómics, adquiere más importancia de cara a estas temporadas.

Fuera de lo anterior, creo que puedo decir que siempre he disfrutado ese sitcom por dos cosas muy puntuales: me fascina el intro y me divierten mucho los títulos que le dan a cada capítulo, siendo la gran mayoría juegos de palabras que demuestran un auténtico y célebre ingenio. La “dispersión” que bautiza esta columna viene del último episodio que vi esa noche, el número 11 de la doceava temporada: “la dispersión del paintball”, que aunque nada tiene que ver con mi propia dispersión (el capítulo tiene como tema central un juego de paintball que sirve de punto de quiebre para un par de historias, particularmente para las relaciones de Raj y Stuart con Anu y Denise, respectivamente), sí que el ver la palabra ahí me condujo a pensar en mi habilidad (prefiero ponerlo en esos términos para no contribuir más a mi propio perjuicio) para saltar de un lugar a otro, para hablar, por ejemplo, en un mismo texto sobre Ángeles Mastretta, MesADerramadA, un prólogo de Foucault, mi Crisis de los Nombres, mi familia y The Big Bang Theory, con una brutal indiferencia a si eso que escribo va a ser leído o no y a que opinión tendrán los lectores al respecto (cosa rara, me la he pasado toda la vida queriendo ser dos cosas: querido y leído). Además, debo decirlo también: escrito con un profundo descuido, de a tirones, sin pensarlo mucho, casi siempre cediendo a los impulsos que provoca la incapacidad de completar una tarea tan sencilla para otros. En fin, haciendo tres mil palabras de pura verborrea si quieren, para al final poder decir que se llamará «Notas para dispersarme» y repetir una y otra vez las palabras «Notas para dispersarme» y murmurar entre sueños «Notas para dispersarme» y rezar diciendo «Notas para dispersarme» y «Notas para dispersarme» y «Notas para dispersarme» y…

IX

─¡Enhorabuena, Oscar!, al final sí que ha nombrado y escrito usted su columna.

─No sabe cómo me costó.


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