En el presente ensayo se muestran tres realidades de la vida urbana a través de distintas teorías de la cultura para comprender si la experiencia de la modernidad urbana en México implica la creación de un nuevo ethos sobre el habitar las ciudades, o bien, si estamos presenciando la deformación de la esencia de la vida en los centros urbanos poscoloniales a través de los procesos de metrificación y sub-urbanización.
La dispersión espacial urbana
Clifford Geertz define a la cultura como un mecanismo de significación social de la realidad, según él podemos entender la cultura esencialmente como modelos de significación que proporcionan directrices para la vida a nivel público y privado, y que se crean colectivamente.1 Lo anterior para Roger Keesing implica que la cultura según Geertz es un símbolo compartido entre las personas, que circula entre ellas mas no está en ellas. Estudiar la cultura es, pues, como la semiótica: “estudiar los códigos de significación compartidos”.2
Lo anterior aplicado a los ámbitos urbanos nos recuerda a lo que denunciaba García Canclini sobre la “desterritorialización” de las identidades colectivas en la historia de las ciudades; es decir, la forma en la que los símbolos, monumentos, espacios y contornos de las ciudades generan cada vez menos identificación con sus habitantes, esto en la medida en que la información desde finales del siglo pasado e inicios del presente acerca de nuestras propias ciudades “nos llega por los medios digitales, […] [que] se vuelven los constituyentes dominantes del sentido «público» de la ciudad, los que simulan integrar un imaginario urbano disgregado”. 3
En general, ello implica que a día de hoy al caminar una ciudad es posible ver que más allá de los centros históricos (contornos que hemos “monumentalizado”), existe una falta de correlación general entre quienes habitan dicha ciudad. Ahora solo hay símbolos de identificación para quienes viven en determinada área: los muros, accesos controlados, arroyos vehiculares; que más que “arterias” son cercas de contención, de modo que nos han separado físicamente de aquellos quienes generan una alteridad respecto a “quienes somos” a nivel social y económico. En suma, hablamos de un espacio donde los códigos de significación compartidos de los que hablaba Geertz, aplicados a la arquitectura del entorno urbano, revelan una profunda disgregación o bien segregación. La esencia cultural de las ciudades actuales reside, en ese sentido, en perpetuar las dinámicas de segregación como herramienta de dominio.
La separación de lo urbano y lo rural
Lo descrito antes está íntimamente relacionado con procesos de los que las ciudades fueron objeto y escenario. Debido a sensibles transformaciones durante el siglo XX, concretamente en México, la revolución habría depositado sobre las urbes la encomienda de espacializar las demandas sociales que, aunque nacidas en buena parte del sector campesino, serían de hecho canalizadas a través de unas nuevas élites industriales y, en buena medida, urbanas.4 Pese al paisaje eminentemente rural del país, ciudades como Aguascalientes y otras tantas en México no fueron un apéndice del campo durante el siglo XX, pues a pesar ser escenario cotidiano de actividades que hoy normalmente asociamos a lo «rural», la realidad es que más allá de eso sus imaginarios locales nos permiten vislumbrar como los habitantes de estos entornos pretendían distinguirse a sí mismos del campo. Hubo pues una batalla por el espacio, algo que diversos autores, directa o indirectamente han llegado a enunciar como el «triunfo de la ciudad».5 Sintetizando, el país había elegido un camino y este pasaba necesariamente por el abandono de su proyecto agrarista y el abrazo a la promesa de la urbanidad.
La cultura, vista como un sistema de conocimiento, significados afectivos y valores; nos puede ayudar a entender mejor este caso. Tomemos por ejemplo las ideas de cultura desarrolladas por Talcott Parsons, estas hablan de la relación entre la acción social y las estructuras, donde se plantea si la acción social es libre o está determinada por las mismas. Este compendio de ideas, denominado “estructural-funcionalismo”, buscó abarcar esencialmente la correlación entre los elementos estructurales y la capacidad de agencia individual de aquellos insertos en dichas estructuras, ello llevó Parsons a considerar a los valores y el voluntarismo elementos esenciales para comprender los andamios de la estructura social como mencionan Jeffrey Alexander y Phillip Smith: “Parsons teorizó que los «valores» tenían que ser centrales en las acciones e instituciones para que una sociedad pudiera funcionar como una empresa coherente”.6 Esta propuesta de análisis, condensada en lo que conocemos como el sistema AGIL (Adaptación, Ganancia, Integración y Latencia), formularon una estrategia para comprender que si bien toda acción social, cronológicamente hablando, parece surgir de la evaluación voluntarista e individual, a nivel jerárquico está regida por una latencia cultural, por los valores que nos rodean. Y aunque es sabido que la ambición y carencias en la teorización de esta propuesta impidieron su consolidación, dichos postulados influyen todavía en las propuestas sobre el análisis de los valores.
Entonces, ¿cómo puede ser esto aplicado a lo que implicó a nivel cultural separar lo “rural” de lo “urbano”? Pues basta remitirnos a la idea del valor de la higiene. Hasta mediados del siglo pasado, cosas como las huertas de traspatio,7 los corrales, la presencia de arroyos y cuerpos de agua, eran algo común y característico de los entornos urbanos,8 llegando incluso (en el caso de los huertos) a ser considerados como espacios de recreación e higiene, cualidades positivas inherentes a la conducta de los pobladores urbanos, aunque atravesados por su cultura, sus posibilidades materiales y sus dinámicas de abasto. No fue hasta la entrada del siglo XX, con el proceso higienizador de las ciudades, la búsqueda de romper con la imagen heredada del periodo colonial y la intención de alcanzar un siempre abstracto “progreso” que se llevó a readaptar culturalmente lo que era higiénico o no en un entorno urbano; así, los entornos de producción agropecuaria y la naturaleza fueron vistos como obstáculos en el desarrollo de las ciudades, permeando en el imaginario y la cultura la distinción definitiva de lo “urbano” y de lo “rural” que hoy nos hereda ciudades carentes de estos espacios.
Las pautas de comportamiento, tiempos y movilidad urbana
Pero tal parece que nuestros antepasados tomaron la rosa sin ver las espinas, pues cobijados bajo el nuevo Estado posrevolucionario, por el poder y por su siempre fiel asociado el capital, modificaron la percepción de la memoria espacial colectiva permitiendo «nuevas imaginaciones históricas» (como las desatadas por cualquier cambio político, según Enzo Traverso).9 Dicha proyección sobre el espacio buscaba expandir mejoras de orden material al entorno, sin embargo, estas mejoras no fueron entendidas como una necesidad de orden socioambiental y, por ende, el Estado posrevolucionario solo recogió del marxismo y de las otras luchas sociales que lo impulsaron la noción de transición económica a una sociedad esencialmente industrial y obrera.
A nivel cultural, estamos hablando de la transformación de pautas de comportamiento, Genaro Zalpa nos indica que ésta es una de las ópticas para abordar y entender la cultura que, en este caso, se conciben como los marcos generales a partir de los cuales se evalúa la conducta.10 Pensemos en una conducta culturalmente adquirida en la vida de las ciudades que se haya trastocado sensiblemente como es el acto de caminar. Si bien la prisa o la percepción del tiempo en las ciudades no es un invento de la modernidad, el que sea tan común ver que el sencillo acto de caminar sea llevado con tal prisa, nos indica que, a nivel cultural, la pauta de comportamiento es transportarse con la mayor agilidad y velocidad posible, mientras los medios nos lo permitan. Pero esto va más allá de la movilidad a pie: ¿de verdad es suficiente para controlar un tráfico vehicular a 60 km/h que existan señales que así lo indican? Si las carreteras y caminos urbanos parecen estar diseñados para que toda irrupción física de la velocidad del manejo sea disminuida o directamente eliminada (remítase un momento a los puentes peatonales, por ejemplo), es porque las ciudades están estructurándose a nivel físico para recorrerlas a toda prisa. En definitiva, una pauta de comportamiento sustentada en la idea de eficiencia.
Esta idea ya era traída al debate a inicios de siglo, cuando Flores Castillo y Padilla Lozano denunciaban la modificación de una actividad, quizá fisiológica, pero cargada de elementos culturales y pautas de convivencia: la hora de la comida. Para los autores, los cambios en las pautas del horario rutinario, dadas las condiciones generales de la modernidad urbana, indican que el tiempo dedicado a esa actividad ha venido a menos, lo que en última instancia implica mermar la capacidad para generar un vínculo e interacción de entornos sociales tan básicos como la familia. Lo mismo ocurre en actividades similares o de mayor alcance en número de personas implicadas que, a nivel sistémico, componen las interacciones que le dan sentido, dinámica y pertenencia a los habitantes con sus ciudades.11
Conclusiones.
Las consecuencias de esto son evidentes y quizás la más grave ha sido a nivel imaginario, en nuestra incapacidad de entender que es lo que implica a nivel cultural “ser de ciudad”, habitarla, vivir en ella. Al emprenderse la aventura corporativista posrevolucionaria de esta transformación del espacio solo quedaron las élites económicas emanadas del desarrollismo industrial, y una vez estas se infestaron de los paradigmas neoliberales de competencia y mercado como elementos axiales, se perdió la batalla por espacializar la justicia social, por lo que queda preguntarnos ¿de quiénes son las ciudades que vivimos hoy?
Como historiadores y como sociedad parecemos cada vez más ajenos a nuestro entorno. Residimos sin habitar, convertimos nuestros centros históricos, nuestros «barrios mágicos» en monolitos o patrimonios sin fondo, donde no importa entender quiénes hicieron de esta ciudad suya antes que nosotros y donde no nos cuestionamos porque ese espacio es memoria viva y es cultura que se camina. Queda claro que hace falta repensar el pasado del espacio urbano y sus transformaciones para reivindicar el derecho histórico, el derecho de las personas a vivir en su ciudad, de habitar sus espacios y ser parte de sus significados. El derecho a que ésta sea un espacio que materializa un proyecto realmente en común.
AUTOR

- Zalpa, Genaro. “La antropología simbólica”, Cultura y acción social: Teoría(s) de la cultura (México: Universidad Autónoma de Aguascalientes, 1era ed. 2011). 48-54. ↩︎
- Keesing, Roger. “Teorías de la cultura”, Annual Review of Anthropology, 1974. 73-97. ↩︎
- García Canclini, Nestor. “Culturas híbridas, poderes oblicuos”, Culturas híbridas, estrategias para entrar y salir de la modernidad. (México: Editorial Grijalbo S.A. de C.V, 1989). 268. ↩︎
- Entre ellas la idea de industrializar al país, siendo “hasta 1940 que el proceso industrializador se acelera, pues arriba a la presidencia del país Manuel Ávila Camacho, se implementa la llamada <<política de buen vecino>>, (…). La medida promovía la estrecha cooperación con Estados Unidos en materia comercial y militar; esto dio a Ávila Camacho la oportunidad de fortalecer el programa de desarrollo industrial del país…”. Acosta Collazo, Alejandro & Parga Ramírez, Jorge Carlos. “El Arquitecto Carlos Contreras y el Plano Regulador de Aguascalientes de 1948. Planificación moderna, industrial y sus efectos en la morfología urbana”, Revista Labor & Engenho, Núm. 1, Vol. 7 (2013). https://doi.org/10.20396/lobore.v7i1.190. ↩︎
- Este rumbo trazado, suponía la supeditación definitiva del “estatus” del espacio urbano, por encima de lo rural. Martínez Delgado, Gerardo. La experiencia urbana: Aguascalientes y su abasto en el siglo XX. (México: Instituto Mora – UAA – UG. 1er ed. 2017). ↩︎
- Alexander, Jeffrey & Smith, Philip. “The Strong Program in Cultural Sociology: Elements of a Structural Hermeneutics”. The Meanings of Social Life: A Cultural Sociology. (New York: Universidad de Oxford, 2003). ↩︎
- Sobre la presencia de huertas en una ciudad como Aguascalientes, puede leerse Gómez Serrano, Jesús. “Remansos de ensueño: Las huertas y la gestión del agua en Aguascalientes, 1855-1914”. Historia mexicana. Núm. 64, vol. 3, 2015. 1001 – 1097. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5979693. ↩︎
- A partir de 1870, en la definición de un modelo de ciudad identificable, se nutrió más bien un espectro de vertientes de ciudad caracterizadas por la industrialización, la urbanización el “progreso”, el higienismo y el uso capitalista de la ciudad. Martínez Delgado, Gerardo. “Hilos, historias, ideas y proyectos. Aguascalientes,1792–2010”, Mario Bassols Ricárdez & Gerardo Martínez Delgado (coords.), Ciudades Poscoloniales en México. Transformaciones del espacio urbano. (México: DFE-BUAP, 1era ed. 2013). ↩︎
- Traverso, Enzo. Melancolía de izquierdas. Después de la utopía. (España: Galaxia Gutenberg, S.L. 2019). ↩︎
- Zalpa Genaro, ¿No habrá manera de arreglarnos? Corrupción y cultura en México. (México: Universidad Autónoma de Aguascalientes, 1era ed. 2013). ↩︎
- Flores Castillo, Olivia y Padilla Lozano, Fernando. “Expansión urbana en Aguascalientes”, Sociedad y Desarrollo Urbano en Aguascalientes. (México: Universidad Autónoma de Aguascalientes, 1era ed. 2001). 135. ↩︎






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