Miraba por el cristal los paisajes borrosos que me ofrecía la ventana del asiento trasero del coche de papá y en mi cabeza estos adquirían forma hasta llegar a convertirse en algo más que una mancha borrosa, podía imaginarme un camino escondido entre árboles, un pequeño riachuelo y pequeñas hadas escondidas en los árboles.
Era viernes y junto a mis padres me encontraba en camino hacia la casa de Ita para pasar el fin de semana. Amaba ir ahí, mi abuelita siempre preparaba los postres más deliciosos y me dejaba comerlos aún antes de la hora de comida; además, el patio era enorme y podía jugar con Marlo, el husky de Ita, y como nuestra casa era un pequeño departamento y no me dejaban tener mascotas grandes jugar con Marlo era increíble. Era enorme, su pelaje gris con blanco siempre estaba limpio y bien cuidado, sus ojos azules eran los más claros que yo había visto, además me dejaban salir sola al patio con él porque me cuidaba y yo también me sentía segura con Marlo a mi lado.
Pero había algo que me gustaba aún más de ir ahí. En un cuarto que nunca se usaba en el tercer piso de la casa había una pequeña ventana (la única de la casa con polvo) que siempre estaba cerrada, pero si acercaba un pequeño banco y limpiaba un poco la suciedad podía ver, más adelante entre los árboles, un mundo mágico. Se trataba de una pequeña casita blanca que parecía muy tranquila en las noches, pero encerraba un encanto cuando sus habitantes se dejaban ver, y es que era una casita de pequeños gnomos que bailaban, cantaban y jugaban todo el día.
Cuando llegamos Ita nos recibió con calurosos abrazos y pastelitos que ella misma había hecho, ambos me encantaban, la abracé muy fuerte mientras la ponía al día de lo que había hecho en la escuela, de los amigos que tenía y de Miranda, aquella niña que me jaló de la trenza sin saber yo porqué. Le conté todo y ella escuchaba atenta, amaba hablar con ella. Después corrí a abrazar a Marlo, quien brincoteaba y ladraba exigiendo también atención y muestras de afecto, lo dejé lamerme toda la cara porque me hacía cosquillas hasta que mi papá me dijo que parara y fuera a lavarme, le hice caso, pero cuando saliera a jugar volvería a dejar que lo hiciera. Eran besitos de Marlo que no quería rechazar.
La noche llegó rápido, la merienda fue dulce de calabaza con atole, en mi casa nunca hacían dulce de calabaza, papá trabajaba todo el día y mamá decía que no tenía trastes para hacerlo, eso siempre me sonaba a pretexto porque yo había visto el horno de la estufa y estaba repleto de trastes que nunca usaba.
─¡Quiero que Ita me arrope!─grité mientras corría por el pasillo de la casa para llegar a la habitación donde me quedaba siempre a dormir cuando íbamos de visita.
Me gustaba que ella me arropara porque me cantaba mientras me daba golpecitos en el pecho y dejaba que Marlo se quedara en la habitación conmigo, mamá siempre lo sacaba.
─Ita, ¿tú has visto a los gnomos que tienes de vecinos más allá del jardín?
─Sí, mi amor, pero muy pocas veces; los gnomos no son seres con los que te gustaría tener un conflicto, ¿sabes? Suelen ser muy temperamentales.
─ ¿Por eso mis papás se preocuparon cuando les conté de ellos?
─Así es, cariño, y es mejor que hagas caso, ¿de acuerdo?
Asentí con la cabeza para no tener que mentir; Ita me dio un beso de buenas noches, acarició a Marlo que estaba acostado junto a mí y se fue apagándonos la luz.
Mis papás aún no se levantaban cuando me desperté a la mañana siguiente, así que Ita, que tejía en el patio delantero, me dio de desayunar fruta, huevos con tocino y jugo de naranja, devoré todo tan rápido como pude diciendo que moría de ganas de jugar con Marlo a las escondidas por la casa y salí disparada por las escaleras.
Las mañanas eran mi momento preferido para observar a los gnomos, puse el banquillo a lado de la ventana del piso superior y trepé, Marlo se agitó y me ladro.
─Shhh, mis papás no nos deben oír que estamos aquí, quédate quietecito que no pasa nada.
Marlo hizo caso y se acostó junto al banquillo en el que estaba. Me asomé por la ventana y sonreí al ver aquel espectáculo: pequeños gnomos habían salido con sus vestiditos a recoger flores del jardín, otros estaban lavando su ropita y la tendían usando las ramas de los arbustos como tendedero, otros estaban sentados en círculo platicando mientras que uno más, un tanto solitario, jugaba con una rama en la tierra.
Me encantaba observar a aquellas criaturitas, siempre tan alegres jugando entre los árboles, cantando o bailando, siempre disfrutando de los rayos del sol desde temprano. En la ciudad nunca veía algo así, la gente andaba siempre a las prisas, empujándose para pasar primero y quitar de en medio a aquel que no fuera lo suficientemente rápido para la marejada de gente, y, cuando por fin se detenían, ya fuera en el camión o en el coche, se la pasaban mirando el celular con la cabeza bien agachadita. A mí no me gustaba tener la cabeza agachada, ¿qué otro significado tenía las cabezas gachas sino tristeza o regaño? Cuando me ponía triste o lloraba siempre agachaba la cabeza. ¿Cómo la gente podía permanecer así? ¿Qué no les dolía la cabeza?
Seguí observando a los pequeños gnomos divertirse con algo tan sencillo como una rama cuando pasó algo que nunca había visto, un pequeño gnomo, más delgado que el resto, salió de la casita con paso lento, arrastrando los pies y parte de su vestidito, caminaba como los adultos de la ciudad, con la cabeza gacha, solo que este no tenía un celular en sus manos, caminaba observando sus pies, como yo cuando lloraba. Se sentó al sol y podría haber jurado que sus pequeños hombros temblaban, recordé aquella vez que vi a mi madre salir así de la cocina, no dijo nada y se encerró en su cuarto, mi papá no fue a verla así que fui yo, abrí despacito porque no la quería asustar y la vi de espaldas, sentada en la cama, con la cara agachada y los hombros temblando. Estaba llorando. En aquel momento tuve miedo y, desde la puerta, le pregunté si estaba bien, con la voz cálida de siempre me dijo que sí, que la esperara en mi habitación y así lo hice.
Apenas tuve un segundo para preocuparme por aquel pequeño gnomo y sus hombros temblorosos cuando observé cómo todos sus compañeros dejaban sus actividades para ir a su encuentro, se sentaron todos a su alrededor y le frotaban la espalda, tomaron sus manos y se quedaron ahí con él, quietecillos hasta que sus hombros dejaron de temblar. Al final lo abrazaron entre todos y se lo llevaron a un lugar del jardín donde el sol brillaba más y se pusieron a cantarle, bailaron un buen rato y después todos juntos entraron a su casita blanca.
Me quedé un poquito más ahí viendo la pequeña casa y pensé en como aquellos gnomos no habían dejado que su compañero llorara solo. Me bajé del banquillo y silenciosamente me escabullí al jardín trasero, si mis papás preguntaban les diría que estuve ahí toda la mañana.
─¿Por qué tan seria, cariño? ¿Pasa algo?─ me preguntó mi abuelita durante la comida.
Mi Ita siempre era la más atenta, mis papás nunca se daban cuenta de cuando algo me daba vueltas la cabeza, volteé a ver a mi mamá, pero rápido aparté la vista, no quería que supiera que tenía algo que ver con ella.
─Es que estoy muy cansada, Ita, Marlo tiene más energía de la que yo podría tener en años – dije alargando la última “a” para que sonara más convincente.
─Anda─ rio mi abuelita─. Come para que te de postre y recuperes esa energía.
─No olvides darle una porción más pequeña, mamá, no es bueno que coma mucha azúcar─ dijo mi mamá y tras una breve pausa añadió─: y que Marlo duerma fuera del cuarto. La mirada que lanzó dejó en claro que se había dado cuenta que la noche anterior había dormido en mi cama.
Mi abuelita solo le dijo que sí y me dio mi plato de plátanos con crema para que comiera en el patio. Esa noche, a solas en mi habitación y mientras acariciaba el suave pelaje de Marlo que roncaba a mi lado, mi cabeza no dejaba de recordar la escena del pequeño gnomo triste siendo consolado por sus compañeros y la comparaba con el recuerdo de mi mamá sola, llorando a obscuras en su habitación. Ambas imágenes se quedaron bien grabadas en mi mente hasta que el sueño las hizo borrosas.
Esa noche soñé con aquel día en que vi a mi mamá llorar, pero ahora no estaba sola, entraba yo segura a la habitación y la tomaba de la mano, no para consolarla, sino para sacarla de ahí, entonces al abrir la puerta del cuarto esta nos llevaba al patio de la casa de los gnomos y todas las criaturitas nos tomaban de la mano y abrazaban a mamá. Ella ya no lloraba sola.
De nuevo fui de las primeras en levantarse a la mañana siguiente, quería aprovechar para ver otra vez a los gnomos antes que mis papás se preguntaran dónde estaría yo jugando. Volví a la pequeña habitación de la ventana, Marlo ahora no estaba conmigo, pero eso no me preocupó. Ante mis ojos había una escena divertidísima de los gnomos haciendo posturas raras sobre la hierba, reían cuando caían al suelo y ahí se quedaban entre el césped riendo de sí mismos. Al centro de ellos pude observar al pequeño gnomo de ayer, ya no estaba cabizbajo, reía tanto o más que sus compañeros. Me sentí feliz por él.
En eso recordé a Miranda, había reído junto a sus amigos después de jalarme el pelo, pero yo no reí, me había dolido y quería llorar, pero ellos lo encontraban divertido. ¿Por qué les resultaba divertido hacerme daño? De nuevo observé a los gnomos tan juntos en armonía, nunca había visto que se hicieran daño entre ellos… Como deseaba haber nacido gnomo.
El sonido de la puerta abriéndose de repente me hizo saltar del susto y por poco me caí del banco. Supe que estaba en problemas.
─¿Qué te hemos dicho de subir aquí? Sabes perfectamente que lo tienes prohibido, Valentina─. El rostro de mi papá demostraba claramente lo enojado que estaba.
Me quedé callada sin saber qué contestar, no había manera de que pudiera evitar este regaño.
─Baja inmediatamente, vamos a tener una seria charla. Y arregla tus cosas que nos vamos ya.
─Pero todavía es sábado… ─ lloriqueé.
─Santiago, no seas así, es una travesura de niña, ¿por qué se tienen que ir antes?
─No, suegra, no podemos consentirla, ese lugar no es para que una niña ande atenta de él─. Me volteó a ver a mi de nuevo con una expresión severa y yo supe que era mi señal para salir de ahí.
Fui directo a mi habitación, guardé mis cosas en mi mochila mientras lloraba y Marlo gimoteaba a mi lado dándome pequeños golpecitos con la nariz.
─Gracias por consolarme, Marlo, de seguro si me dejaran ser amiga de los gnomos ellos también estarían aquí ahora consolándome.
Mi papá hablaba en serio cuando dijo que nos íbamos porque no pasó ni media hora cuando me gritaron que bajara a despedirme de la abuela, bajé como los adultos, con la cabeza agachada, me despedí de Ita y ella me abrazó fuerte, mi mamá permaneció en completo silencio mientras subíamos al coche.
─Espero que con esto quede claro que no puedes subir ahí─ continuó mi papá con el regaño mientras arrancaba el coche─. Esa gente es peligrosa, están ahí por un motivo, no son normales, no están bien. No queremos que intenten hablarte.
Recordé a Ita diciéndome que los gnomos eran temperamentales, pero yo solo los había visto ser felices y ayudarse mutuamente.
No es cierto, ellos son buenos, son felices y nunca dejan solo a alguien que esté llorando.
─Claro, yo también estaría feliz si estuviera loco, no tendría que lidiar con la mierda del día a día.
─Santiago… ─ mi mamá llamó la atención de mi papá por decir groserías frente a mí, pero yo siempre las escuchaba cuando peleaban.
─La próxima vez que vengamos voy a tapar esa ventana, así estaremos seguros.
Dimos una vuelta por la carretera y pasamos frente al hospital de siempre.
─El que construyeran este loquero solo es un peligro para los vecinos─ fue lo último que dijo mi papá.
Releí el letrero que tantas veces había visto, “Hospital Psiquiátrico Santa Carmen”, rezaban unas letras doradas sobre el edificio blanco.
El resto del camino permanecimos en silencio.
AUTORA







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