Aun cuando somos muy pequeños el instinto nos obliga a aferrarnos a las cosas: un bebé aprieta sin entender razón lo que sea que lleve en la mano, al salir agarramos con fuerza las llaves de casa para no perderlas,y el ser humano sostiene irracionalmente a las personas que han quedado ya en un pasado cada día más difuso. Y es que pocos sentimientos nos hacen aferrarnos tanto a alguien como el dolor del pasado que, ayudado por los recuerdos, nos amarra al suelo del tiempo y se disfraza de amor. El corazón entorpecido nos hace sentir que en esencia seguimos amando a las personas que ya no tenemos permitido, aun cuando esa peculiar afinidad se deba a un dolor, un recuerdo propio y egoísta ajeno al mundo real.
El día de hoy me siento al borde de la cama y la encuentro vacía, el perfume se ha ido y un juego de cubiertos sobra. En cierto modo, al dejar a alguien ir parece que todo sobra, está de más la vida que fuimos construyendo y todo lo otro, en lo inmediato, se nubla. Pero, mientras se nos escapa el significado de las canciones que hicimos nuestras, la ciudad sigue en pie y al salir a la calle te enteras de que por mucho o poco tiempo estuviste grabando en las paredes su nombre.
Al caminar por la avenida un café te habla con voz baja de su recuerdo, los menús en los restaurantes te gritan que hay platillos que no puedes pedir y los teatros exclaman desde la oscuridad de sus salas que ya no eres bienvenido en esta rutina, pues esa vida ya no es tuya. Esta angustia es un fenómeno recurrente en la mayoría, al menos por un tiempo, por mucho tiempo en severos casos, pero si te mantienes firme ante la tentación seductora de dejarte caer en un falso pasado y te concentras en un futuro (probablemente) optimista el tiempo te enseña a estimar esos muros de concreto donde grabaste con recuerdos una vida con las personas que ya has dejado atrás.
La mayoría del tiempo siento una estima por el caos con que los edificios de esta capital te abrazan, y aún así, no me atrevo a decir que la ciudad vuelva fácil este proceso transitorio. Lo cierto es que cuando uno está en duelo por una pérdida la Ciudad de México, y cualquier otro lugar, se toman unos meses de silencio donde solo hablan para lastimar, pero no lastiman ni la piel ni la vista, lastiman el alma y el corazón. Por si no fuese ya demasiado este pesar constante hay que sumarle a la situación una vida metropolitana donde vivimos aislados, luchando en privado con duelos que no se pueden comprender porque cuando las calles hablan cada quien escucha algo distinto. Sin embargo, como ya es una costumbre en mí, mi naturaleza intrigada por la vida privada del otro me ha llevado a preguntarme de que formas los solitarios urbanitas experimentan los susurros del concreto, o si es que escuchan algo.
Gabriel, socialité por necesidad, quien es músico de orquesta y amante de la palabra constante me cuenta sobre una mejor amiga a quien conoció en preparatoria. Su propia y permanente ausencia del “no” lo convirtió en el basurero emocional donde ella vertía sus angustias y él, recibiendo nulo interés a cambio y repitiendo un patrón que muchos hemos seguido, la consolaba y trataba de ayudar en cada ocasión. La universidad los separó, para fortuna de Gabriel, y con los años, por una cuestión más bien geográfica, él sigue pasando frente a la preparatoria recordando a su amiga con un cariño que se inventó después, como si el tiempo hubiese lavado las imperfecciones humanas y de forma melancólica colocara una pintura nueva a base de recuerdos en el muro de la escuela.
Un amigo a quien ya he presentado antes, Carlos, recuerda que como a mucha gente su trabajo le condicionó a moverse solo en su barrio, (confirmando lo que siempre he dicho acerca de que la Ciudad de México es un conjunto de pueblos) hasta que llegó un ex novio habitante de la Roma Sur que se convirtió en un parteaguas y con un toque de centralidad obligó a Carlos a subirse a la línea tres del metro y desplazarse bajo tierra para conocer lugares que no le eran comunes. Así aprendió que había calles con nombres de estados de México, conoció casas donde se filmaban películas y aprendió, como buen chilango, a vagar sin rumbo por Parque Delta. Durante todos estos meses no se limitó y dotó de significado cada cosa que veía; pero el destino siempre es un poco grosero y por azares del mismo Carlos se mudó a Madrid por una temporada, periodo en el que su relación terminó en contra de su voluntad y, de mala manera, al llegar de vuelta al aeropuerto se dio cuenta que las mismas calles ya no lo apreciaban, y aunque podía recorrerlas con libertad lo cierto es que ese segundo hogar que había construido ya no existía, para Carlos ya ningún timbre le respondía en la Colonia Roma.
La relaciones no siempre tienen nombre, a veces no sabemos exactamente cómo nombrar a esa persona que al marcharse dejó un hueco profundo en nuestras vidas, hueco que como en el caso de Jorge, alguien que gusta de la poesía y las palabras completas, no ha podido sanar: un amor de verano, de varios veranos, que llegó de visita y a quien Jorge abrió las puertas de la ciudad, le mostró su facultad y caminaron por el centro excediendo los recuerdos permitidos por almacenar en esas viejas calles. Aceptó con una calma poco previsiva involucrar a su amor en la vida cotidiana y de sellar su presencia llevando a cabo el ritual urbano donde resulta de vital importancia conocer a los amigos y hacerse amigo de ellos. También aceptó guardar secretos, recuerdos privados que solo él y su casi seguramente algo conocían. Se sentaron en el mismo bar, que para Jorge era de toda la vida y compartieron risas para después bailar toda la noche en el Patrick Miller hasta que estuvieron seguros de que lo que había ahí podía quizá llamarse amor, o al menos la mente de Jorge le hizo creer eso. Su amor de verano no vivía en el verano, y de la forma en que siempre se marchaba, un día no regresó y se quedó con sus amores de siempre, dejando en Jorge la duda de si algún día él mismo podría ser uno de esos amores cotidianos, de los que no se acaban cuando el avión despega.
Recientemente, Idea, quien se encuentra lista para continuar su futuro en el extranjero y había preparado ya la metodología para terminar su relación actual con un psicólogo a quien sabía desde tiempo atrás que debía abandonar, fue visitada por un amor del pasado, y no uno cualquiera, sino “él”, quien ella sabe que es irremplazable y que vino desde Europa únicamente para reclamar su lugar, soltando de la nada el plan de escapar a Acapulco y volver a empezar. Ella, quien es siempre razonable, supo de inmediato que aquella propuesta no representaba madurez; salir del país y avanzar en su carrera como poeta no estaba a discusión, pero aún así la carcomía la inmadurez y la irracionalidad de ser feliz con él. Fue dura y esa mañana se despidió de aquel hombre que dejó un recuerdo apasionante y varios libros sobre su cama.
Si bien, el amor del presente nunca acaba de entenderse el del pasado son muchas cosas: Es melancolía, resignación, re significación y es la constante duda del tal vez, es querer saber que pasaba sí, como Idea, nos lanzábamos a vivir en la irracionalidad. Pero como quien ha puesto a dolorosa prueba al nuevo compañero de clase, eventualmente, la ciudad nos dejará olvidarnos del recuerdo y dar un significado al mismo café, al mismo parque y al mismo teatro. Las cosas comienzan a recordar a nuevas personas y las canciones se dotan de un nuevo significado; Acapulco se vuelve un lugar más para ir de vacaciones, la preparatoria un lugar de paso, en el Patrick Miller bailamos con nuevos amigos y las puertas de la Roma se abren por distintos motivos.
En lo personal, al día de hoy algunos lugares ya no me gritan, sólo me susurran: la Cineteca, cualquier café en la Narvarte o el simple hecho de comer ramen; en cambio hay otros en los que aún no me atrevo a poner pie por temor a las exclamaciones violentas: la avenida que te lleva a Interlomas, por ejemplo, e incluso, aunque sin poder evitarlo, mi propio departamento.
Pareciera que la cosa no acaba ahí, podrían pasar incluso años y un día cualquiera observando el tráfico sobre Insurgentes todos los recuerdos vuelven, pero ya no regresan a la mente amante que los recibía con tristeza, vuelven a ti, a quien en esencia no puede abandonar la soledad de su cuerpo y en carencia de esta habilidad debe tomar la decisión de ser feliz para sí mismo, implicando así reconocer que esas personas perdidas en el pasado van a quedar grabadas siempre entre los huesos y que sin esas marcas no podríamos ponernos en pie porque son un dolor que resulta necesario para escribir los seres humanos que somos.
Me doy cuenta que poco a poco la urbe va guardando silencio, se calla y me permite escribir nuevas palabras al gris de sus paredes.
AUTOR

ILUSTRADOR
Diego Bernal (Ciudad de México, 1997). Ilustrador y artista visual. Comparte su trabajo en su Instagram (@6_4iego).


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