En la ciudad de Aguascalientes se esconde una muy rica tradición cultural. En su vibrante historia, en sus bellas y relucientes calles céntricas se alberga un oficio que, aunque es humilde, es más que esencial para el tejido social de la comunidad hidrocálida: el oficio del bolero.

Los boleros, con sus cepillos y betunes, no solo se encargan de lustrar zapatos sino que también contribuyen a mantener viva la memoria colectiva de la ciudad misma, quedando claro que la historia oral de estos personajes es un tesoro invaluable que nos revela la esencia y las transformaciones de Aguascalientes a lo largo del tiempo. En este trabajo se busca rescatar aunque sea de forma somera sus nombres, su día a día y sus deseos.

Siempre se han situado estratégicamente en las plazas públicas y en las calles concurridas que son cronistas involuntarias de la vida urbana y es con cada conversación que sostienen con sus clientes mientras trabajan que se encargan de capturar estos fragmentos de la vida cotidiana tan cambiante, las anécdotas personales y los eventos históricos que marcan a la ciudad.

Por ende, conviene resaltar que lo que aquí se recupera, tanto testimonios orales como las imágenes, son fuentes con un profundo carácter personal y cada relato está imbuido por las emociones, como por las experiencias individuales que fortalecen la recopilación y difusión de la identidad local y el sentido de pertenencia y orgullo comunitario, ambos elementos vitales para el bienestar cultural e histórico de la ciudad de Aguascalientes como cualquier otra en nuestro país.

A continuación, se presentan las fotografías y la transcripción del intercambio oral con estos boleros de oficio.

Fotografía 1. Don Mario Tiscareño, bolero desde hace 60 años ubicado frente al centro comercial El Parián. 
Fotografía 2. En la silla del oficio.

Cambios en el oficio a través del tiempo

Don Mario: Mira, este oficio ha cambiado mucho desde que empecé con mi papá. Antes, ser bolero era más que un trabajo, era casi una tradición, te sentabas en la plaza, en las avenidas principales, y tenías tu clientela fija: el abogado, el médico, el señor que iba al banco, hasta los chavitos que venían a limpiar sus zapatos para que brillaran como espejos. Nos saludábamos, platicábamos y había una conexión real con la gente.

Con el tiempo, he visto cómo la cosa ha cambiado. Primero, la gente empezó a usar más tenis y calzado deportivo, menos zapatos de cuero, y pues el negocio se nos fue para abajo. Los jóvenes ya no traen los zapatos a lustrar como antes, porque ahora todo es de plástico o simplemente no les importa tanto. Y ni hablar de las plazas comerciales. Cuando yo empecé había boleros en cada esquina del centro, ahora casi todos nos hemos tenido que mover o buscar otros espacios porque los lugares que antes eran nuestros nos los han cambiado por tiendas y franquicias.

Lo que no ha cambiado es la lucha de que cada día hay que buscarle y echarle ganas. Este oficio sigue siendo de mucho trabajo, de madrugar y estar ahí, al pie del cañón, esperando a que alguien quiera sus zapatos presentables. No nos rendimos porque al final de cuentas seguimos siendo parte de la ciudad y de su historia, aunque el ritmo de vida cambie.

Y pues eso, así han cambiado las cosas. Eso sí, me encanta mi trabajo y en las buenas y en las malas aquí estaré. Haga sol o relampaguee.

La paga del día

Don Mario: Sí, en este oficio es al día y todo depende de cuántos clientes atendamos. No hay sueldo fijo, ni horarios garantizados: lo que ganas es lo que trabajas. Por cada cliente cobro entre 20 y 30 pesos, a veces un poco más si es un trabajo especial o si me piden lustrar botas que llevan más tiempo y material. En un buen día puedo atender a unos 10 o 15 clientes, pero hay días flojos en los que apenas hago para comer y pues hay que considerar también el costo de los materiales.

Eso sí, varía mucho, hay días buenos y días malos. Los fines de semana suelen ser mejores porque hay más gente en la calle, y si es quincena pues la cosa mejora.

Fotografía 3. Don Armando Larios. Empezó a los 9 años y retomó el oficio hace 10 años. Ubicado en plaza de armas, frente a Sanborns de avenida Francisco I. Madero. Su otra pasión es la fotografía de eventos sociales. 
Fotografía 4. Betún y cepillos.

Un día típico de trabajo

Don Armando: Mira, llego al puesto alrededor de las siete de la mañana, me gusta tener todo limpio y ordenado, así que siempre paso un trapito por mis herramientas y acomodo los betunes por colores. Es como una especie de ritual para empezar bien el día.

A eso de las ocho ya empieza a moverse la gente. Los primeros clientes son casi siempre los de traje: oficinistas, abogados, los que trabajan en bancos y aquí en el palacio. Ellos vienen a que sus zapatos queden relucientes para el trabajo, mientras les limpio los zapatos a veces platicamos de lo que pasa en el mundo o de lo que les preocupa, aunque últimamente muchos están en el celular y no platican tanto.

El mediodía es la hora más tranquila, así que aprovecho para comerme un taco o una torta, aquí mismo en mi puesto. A veces se arma la plática con otros boleros que también andan por aquí, y nos contamos cómo va el día o las noticias que escuchamos en la radio. Por la tarde, el movimiento es variado. A veces me caen estudiantes, otras veces alguien que va de paso y quiere lucir bien para una cita o una reunión importante. En estos tiempos los clientes son menos, pero cuando llegan pongo todo mi empeño en que sus zapatos queden perfectos.

Lo disfrutable y lo desafiante del trabajo

Don Armando: Mira, lo que más disfruto de mi trabajo es platicar con la gente. Aquí sentado me llega de todo: desde el señor que va a una junta importante hasta el chavito que anda con los tenis sucios y quiere impresionar a la novia. Cada uno trae su historia y esas son las que a mí me gustan, las que te cuentan mientras sacas brillo, como si el trapo y la grasa fueran la excusa pa’ soltar la lengua. Eso y las propinas. Porque uno también tiene que comer, ¿verdad?

Pero no te voy a mentir, lo más difícil es cuando la gente no valora lo que uno hace. A veces ni te voltean a ver, como si no existieras. Los días de lluvia son duros porque los charcos y el lodo son enemigos del trabajo bien hecho y no falta el cliente que quiere milagros. Pero bueno, mija, en este oficio, como en la vida, uno le da su mejor cara y sigue “pa’ delante”.

Fotografía 5.  Don Raúl Tiscareño (hermano de Don Mario). Bolero desde hace más de 45 años, ubicado en el patio Jesús F. Contreras, detrás del Teatro Morelos.

Fotografía 6. Manos en el betún

Fotografía 7. Lustrando el camino.

De una generación a otra: el conocimiento se transmite

Don Raúl: Mi padre, que en paz descanse, fue el que nos enseñó a mi hermano y a mí todo lo que sabemos de este oficio, él siempre decía que el trabajo de bolero no es solo sacarles brillo a los zapatos, sino también a la vida de uno. Desde chiquillos nos llevaba a la banca y mientras él trabajaba nosotros observábamos, aprendiendo más con los ojos que con las palabras. Nos dejaba practicar porque en este oficio no hay prisa, todo se hace con calma y dedicación.

Mi hermano y yo crecimos juntos en esto, y aunque cada uno fue agarrando su estilo siempre llevamos en las manos y en el corazón lo que nos enseñó nuestro papá. Porque este oficio no se queda en uno, se comparte, se pasa, como el brillo que va de un zapato a otro. Es una herencia viva, que sigue andando y ojalá siga así por muchas generaciones más.

El final

Don Raúl: Pues mire, el oficio del bolero es más que solo limpiar zapatos, es un pedacito de nuestra historia, de nuestras calles y de nuestras raíces. Mi mensaje sería este: no dejen que se pierdan las cosas que nos hacen quienes somos. Ser bolero no es solo un trabajo, es una tradición que ha dado de comer a muchas familias y ha conectado a generaciones. Yo, por ejemplo, estoy muy orgulloso de mi trabajo ya que gracias a este pude darles estudios a mis muchachos y no hay más satisfacción para mí que esa.

No lo vean como algo viejo o pasado de moda, más bien, véanlo como una forma de mantener viva una partecita de nuestra cultura, de esos oficios que se hacen con las manos y el corazón.

Inviten a sus hijos, a sus sobrinos, y a todos los que puedan a conocer lo que es ser bolero, aunque sea para que lo vean y lo respeten. Y si alguna vez tienen la oportunidad, siéntense en una banca, platiquen con uno, y déjense sorprender por todo lo que hay detrás de un buen par de zapatos limpios y relucientes, además de un servidor que tiene mucho que contar. Ya saben que estamos en las plazas, en las esquinas y en los lugares donde la gente se reúne, y en cada uno de esos lugares hemos escuchado historias, hemos visto generaciones pasar y hemos sido parte del día a día de muchas personas.

Al concluir estas conversaciones con los boleros, no sólo se recogen historias de zapatos lustrados y aceras transitadas, sino también un profundo respeto por la dedicación y el orgullo con el que ejercen su oficio. Estos encuentros permiten ver más allá del brillo de un betún: revelan la humanidad, la resistencia y la conexión que los boleros han creado y mantienen con sus clientes y con la ciudad misma. Bolear zapatos es un vínculo que mantiene viva una tradición que resiste al tiempo y les agradezco profundamente la generosidad con la que compartieron sus experiencias y la oportunidad de visibilizar un trabajo que, aunque a menudo pasa desapercibido, es una pieza fundamental del tejido urbano y cultural de nuestra comunidad.


AUTORA Y ENTREVISTADORA


ENTREVISTADOS

Don Mario Tiscareño, don Raúl Tiscareño y don Armando Larios, todos boleros de oficio asentados en la ciudad de Aguascalientes.

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