Septiembre de 2024
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Si alguna vez han ido a Guanajuato sabrán que raras veces encuentras ciudades tan pausadas y turistificadas al mismo tiempo. Y si no han tenido la oportunidad de ir, aquí me explicaré en unas cuantas líneas. Lo de pausado: las calles son del peatón y nadie tiene apuro por quitarse del paso del automóvil; los jardines son invitaciones constantes a sentarse unos minutos a solo apreciar la belleza del lugar, pocos no fueron los personajes que tuve la oportunidad de observar sentados ahí, sin más, desde el balcón meneando a algún bebé o fumando el cigarrillo del día con vista a los transeúntes. La arquitectura parecía decir «llegué antes que tú y me voy a ir después que tú», por lo que uno concluía que no importa cuánto te esfuerces en hacerlo rendir el tiempo nunca será suficiente.
Sobre su estado turistificado no hay mucho qué decir, Guanajuato es una imagen o una serie de imágenes diseñadas en algún momento para crear un producto mercantilizable en el mercado del turismo global. En Guanajuato había de todo tipo de nacionalidades, pero observé sobre todo japoneses, en el mirador había un grupo de ellos y un tipo los molestó durante algunos minutos. Estaba bebiendo ahí y aparentemente era parte del staff de un grupo de trabajadores que estaban acomodando el equipo de sonido para algún evento que tendría lugar más tarde, pero hacía imitaciones de reggaetonero, bastante malas por cierto, y los invitaba a cantar en el escenario de dimensiones pequeñas, quizás de un metro por dos metros.
Yo fui a Guanajuato por una estancia, estuve ahí varios días durante los cuales tuve oportunidad de ir a la Biblioteca Armando Olivares a revisar algunas fuentes documentales que espero me serán de utilidad para la tesis en la que estoy trabajando. Uno como historiador a veces revisa cosas en los archivos solo porque sí, pero esta vez fui algo lejos por el deseo.
Estoy bromeando. La verdad es que son fuentes vitales que, por algún motivo, algo irónico por cierto, pero no desconocido -el archivo del estado se quemó al menos un par de veces-, hablan de Chihuahua pero no están en Chihuahua, entre ellas: el Código Sanitario del estado de Chihuahua publicado en 1905 y la Ley de Beneficencia Privada para el estado publicada el mismo año. Escogí mi hotel concienzudamente porque la biblioteca me quedaba a una cuadra de ahí. Fui de 8 a 3 los tres días que estuve allá, me alcanzó el tiempo para ver y fotografiar todo lo que quería.
Fui hasta Guanajuato no solo por ellas. En la maestría te exigen realizar una estancia prácticamente en cualquier lugar fuera de la Facultad de Filosofía y Letras, sin embargo, yo elegí esta ciudad por dos motivos principales: 1) Gerardo Martínez, uno de los historiadores urbanos más importantes de los últimos años en México y Latinoamérica trabaja ahí, y quería ser leído por él; y 2) quería participar en un seminario-taller que estaba organizando y al cual me invitó para presentar mis avances de investigación, lo cual me serviría igualmente para conocer a otros historiadores urbanos. Y aunque algunos no tenían una base sólida como historiadores fue bastante gratificante ver las similitudes y diferencias y, sobre todo, pensar en los planes de acción para mejorar nuestras ciudades.
Yo presenté el último día que estuve allá por la mañana y mi avión salía a las 9:30 de la noche. Tuve muchas congratulaciones respecto a mi trabajo y se mostraron emocionados por leer los resultados, quizás no quedaría mucho que agregar al respecto, por ello sus buenas intenciones fueron bien recibidas. Así, después del seminario fuimos a comer algunos de los participantes y Gerardo. Fueron días ajetreados pero bastante soñados.
El mismo día de mi presentación cuando estaba a punto de subirme al avión, caminando sobre la pista, sentí que yo no tenía lugar ahí y sin embargo ahí estaba. Me encontraba viajando única y exclusivamente para la investigación. Pero ¿cómo? Por supuesto, financiado como becario por el Conahcyt, pero ¿cómo llegué yo ahí, aquí? Y el miedo estaba en si esto fuese una cosa de una vez en la vida y quedaría como una hermosa experiencia, o si acaso era parte de un camino más largo.
No quiero que se me tome por teleológico, pero la rivalidad con la incertidumbre en situaciones de precarización generalizada es inherente a la existencia de los individuos que la sufren. Pero ¿precarizado yo? ¿Me merecía esa oportunidad o la había usurpado como quien arrebata al despojador lo despojado? ¿Estas dos cuestiones eran excluyentes o estaban atadas a un falso maniqueísmo? Alguien tenía que sufrir para que estuviera yo ahí, aquí, pero ¿quién era ese sujeto de sufrimiento?
Esa misma noche, en el avión, leía Combates por la historia de Lucien Febvre, librito que había comprado al lado de mi hotel en una librería recién abierta y regentada por un anciano algo carero pero con buenos libros -70 pesitos me salió, una edición bastante vieja-, a lo cual hubo un pasaje que reverberó en mí: «son grados sucesivos que la ciencia, en su deseo insaciable de ampliar el horizonte del pensamiento humano, consigue unos tras otros con la magnífica certeza de no alcanzar jamás la cumbre de las cumbres, la cima desde donde se veía la aurora surgiendo del crepúsculo».1 A partir de ello se me vino a la mente la pregunta de que si el objetivo realizable no era la cumbre de las cumbres, ¿qué nos empuja a seguir avanzando? Y pensé, tratando de resolver la sensación nihilista del desquehaceramiento que, aunque no logre alcanzar la cumbre de las cumbres, siempre he de apresurarme a escalar el siguiente obstáculo, la siguiente cumbre si se quiere, para ver el amanecer desde otros ojos, siempre desde otros ojos.
Ahí me di cuenta de que no había usurpado nada. Aunque quizás sí lo había arrebatado. Estaba obligando a la academia, a la historia como disciplina, tomar en cuenta mis propios ojos. Los ojos del hijo de un obrero con licenciatura, desclasado para su manipulación, proveniente de una familia mexicana promedio hundida en problemáticas siempre más amplias que los contornos de su casa.
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He formado junto a compañeros, colegas y maestros de la academia de historia de Chihuahua un Colegio de historiadores. Le hemos puesto por nombre Colegio Chihuahuense de Historia A. C. Firmamos nuestra acta el 19 de julio de 2024 y nos presentamos ante la sociedad chihuahuense y medios el 12 de septiembre de 2024, día simbólico por ser el día del historiador a nivel nacional. Empezamos a formular el proyecto apenas en mayo del mismo año y a través de una de las clases de la maestría logramos redactar el acta en aproximadamente cuatro semanas.
No tenemos un ejemplo que nos anteceda, tampoco un rumbo claro de cómo hacer las cosas, pero sí tenemos objetivos definidos: queremos organizar un congreso de historia regional y consolidar una revista académica especializada centrada en el mismo tema. Escribí en el discurso del 12 de septiembre que “el gremio de historiadores debe crear un lugar social, es decir, un espacio de creación de la historia”, y que por tanto «El Colegio busca atender dicha necesidad. Al trascender las fronteras del mundo académico quiere llevar esa historia profesional ahí afuera, y que sea leída y estudiada por quienes no tienen un grado académico o de erudición en la disciplina, y devolverles su lugar en el imaginario popular». Siempre me pareció ambiciosa dicha declaración y no creo que esa sensación desaparezca nunca.
Sin embargo, otras declaraciones que hice ahí creo que son mínimos requisitos indispensables para la historia, los historiadores y las historiadoras, por ejemplo: «todos tenemos la responsabilidad ética de sostener y modificar el universo de ideas del que nos valemos para entender el mundo que nos rodea»; «hoy nosotros estamos convencidos de que una historia que no está en servicio de la sociedad desde la que se produce no sirve para nada»; y «la historia es un proceso y, como todo proceso, siempre tiene puntos suspensivos».
No sé qué vaya deparar la vida para el Colegio y reitero la necesidad de continuar estos proyectos no como una representación unipersonal y unidimensional de algún historiador o personaje como en el pasado ha llegado suceder. Las universidades poco a poco languidecen y las nuevas generaciones no recurren a ellas para informarse, de modo que creo que es responsabilidad de quienes cargamos la batuta de producir conocimiento que esto no se quede en nuestros espacios epistemizados y llevemos a la sociedad civil lo que con tanto esfuerzo escribimos y producimos.
Ha habido quienes se sintieron excluidos y a esas personas debe uno recordarles que los esfuerzos son conjuntos, argumentativos y acumulativos. Siempre hay momento para sumarse. Uno no puede estar siempre en todo, pero puede estar siempre abierto a todo. A veces los proyectos tienen fecha de caducidad y otros perpetuos puntos suspensivos. El Colegio Chihuahuense de Historia A. C., en consonancia con su espíritu histórico, es más de los segundos. Este es un sueño y un antecedente que se materializa con el afán de servir a la sociedad que lo ha visto nacer y en el futuro espero sea signo representativo de su riqueza cultural.
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Es precisamente a partir del Colegio Chihuahuense de Historia que se me ha invitado a colaborar a través de una columna en MesADerramadA. Firmamos un convenio de colaboración unos días después de nuestra constitución y creo que ha sido una excelente decisión. Aunque me emocionó mucho la propuesta no sabía exactamente lo que quería decir, o si tenía algo para decir. Al principio me centré mucho en mi «yo» historiador, pero poco a poco fui tejiendo la idea de un «yo» dosificado en fragmentos. No le encontré mucho sentido en presentarme como alguien ralo, cada parte de mí cobra sentido en el todo que me conforma. Discursiva y materialmente mi cuerpo cobra sentido solo en contexto y aunque no reconozco mi individualidad finita, me pienso como fragmento de una red colectiva de ideas, pensamientos, emociones y sentimientos: una topología.
Mi severidad topológica es narrativa, es construida sobre todo en el relato, en el cómo me narro y cómo me construyo. Así, a través de un desplante, recurrí a 5 ejes rectores que articularían esta columna la cual titulé, en tono de miscelánea, Fragmentos de mi topología. Y es que ojalá pudiera narrarme en «X» número de páginas y que el lenguaje me bastara, pero nunca es suficiente. Por eso aquí ofrezco sobre todo fragmentos, táctica reconstructiva del todo: tejerse en pedacitos.
Los ejes se titularán 1) «Diario de un historiador», 2) «Trozos de una semiótica del espacio social», 3) «Quebrar la torre de marfil: intelectual politizado», 4) «La historia y la semiótica», 5) «Soltar las riendas». Del primer eje rector acaban de ver una muestra, ahí no esperen coherencia, sino mucha intimidad. La que me permita el ego al menos. Del segundo es una muestra de una línea investigación que creé como ejercicio metafísico para la comprensión de las ciudades y, ahora veo su alcance, el espacio habitado en general. Del tercero no hay mucho qué decir más que el hecho de que me estaré peleando conmigo mismo, bueno, el yo «académico», o el que pretende serlo por obligación o disfrute personal (no atisbo dónde determinarlo). La relación entre saber explorada por muchos desde Foucault hasta Ángel Rama estará de por medio.
Del cuarto sépase que no sé qué voy a decir exactamente, pero quiero explorar el proceso de escritura de la historia como un proceso semiótico, sobre todo en el tono del historiador francés Michel De Certeau. Y del quinto espérese aún menos. Daré, como su nombre lo indica, rienda suelta al pensamiento para ver lo que emerge y lo que evoca desde su espacio de reflexión. Quiero hacer evidente mi posición aquí de lo que vaya aconteciendo en el mundo. Es este el espacio de escritura donde será más evidente que para escribir hay que leer mucho, muchísimo, primero.
Veo en esta miscelánea una oportunidad para desarrollar el hábito de escribir constantemente. Y escribir mejor. Y perderle el miedo a ser leído. Y ser leído por gente como yo y no tan como yo. Lo que dure esta columna-miscelánea será una aventura que he de disfrutar independientemente de lo que suceda.
AUTOR

- Lucien Febvre, Combates por la historia (Ariel), 35. ↩︎


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