Hoy en fragmentos de mi topología quisiera abordar una cuestión muy concreta correspondiente al cuarto eje de la columna: ¿qué significa hacer historia?
Roger Chartier en su Pluma de ganso, libro de letras, ojo viajero cita a Michel de Certeau con su frase «Al borde del acantilado», por aquella vez en que de Certeau resumía así la aportación a la historia de Michel Foucault, pues le «parece situar con agudeza todos los intentos intelectuales que colocan en el centro de sus investigaciones o reflexiones las relaciones entre producciones discursivas y prácticas sociales».1 Incluso aquellos más críticos del paradigma llamado posmoderno no pueden escapar de su influencia, ¿en qué investigación histórica actual no es necesario situarse al borde del acantilado? Y aunque la cantidad que se produce hoy en día es insoslayable con la capacidad de lectura del historiador promedio, es importante retornar quizás a una pregunta fundamental: ¿Qué significa hacer historia?
Existe una distinción que Cournot se ha encargado de anotar, entre ciencias físicas y ciencias cosmológicas. De las primeras se establece que su labor es encargarse de estudiar las leyes de la naturaleza, pero de las segundas, se dice que su trabajo consiste en estudiar la historia del mundo. La singularidad del acontecimiento es entonces el centro o, mejor dicho, el foco de atención del relato que puede juzgarse histórico. Qué agudeza es la del individuo que frente a lo aparentemente cotidiano y natural encuentra la capacidad de extrañarse. Veyne dice muy acertadamente pues que «la historia es lo que es, no como consecuencia de una esencia humana desconocida, sino por haber optado por un determinado modo de conocimiento».Aquello que salta a la curiosidad humana por la óptica elegida, «porque “a la curiosidad humana no le atrae solamente el estudio de las leyes y fuerzas de la naturaleza, sino, con mayor fuerza aún, el espectáculo del mundo, el deseo de conocer su estructura actual y las revoluciones del pasado”».2
Veyne sentencia: «La historia es relato de acontecimientos, y todo lo demás se sigue de esto». No hay regresión al pasado por mímesis, sino por diégesis. La historia no imita y reproduce todo lo que sucedió, sino algo de lo que sucedió. ¿Y cómo? Por cualquier indicio seguro (tekmeria) de eso que se busca relatar: documentos, vestigios, testimonios, etc.3 Tekmeria hace alusión a lo perceptible, eso que posee potencia sensible, a los sentidos, lo que tiene capacidad de movilizar al intelecto de lo que está en el lugar de lo representado (semeion, signo), a lo que se representa (significado). Tekmeria es la materia bariónica de la narración en historia. Lo que hace aparecer lo inalcanzable como algo perceptible. Esto deriva en la diferencia entre acontecimientos. Todo acontecimiento es atomizable debido a su singularidad. De base interseccional entre acontecimientos podría decirse que solo está la significación, ¿por qué pasó esto y no aquello? La singularidad lleva por omisión acrítica en los peores casos a una individualización esencialista del caso, pero el francés nos recuerda que lo que individualiza al acontecimiento no «son sin duda sus particularidades, su “materia”, lo que son en sí mismos, sino el hecho de que sucedan, es decir que sucedan en un momento dado». Por último, lo anterior:
Significa simplemente que el historiador ve la realidad con el espíritu de un lector de sucesos, que son siempre los mismos y siempre interesan, porque el perro atropellado hoy es distinto del que fue atropellado ayer y, dicho más generalmente, porque hoy no es ayer.4
Para el historiador Jacques Le Goff «Cabe añadir que no hay historia inmóvil y que la historia no es tampoco el cambio puro, sino el estudio de los cambios significativos», metodológicamente, «La periodización es el instrumento principal de la inteligibilidad de los cambios significativos».5 Se puede concluir por tanto que el oficio del historiador es más el martillar la realidad con la crítica incesante del paso del tiempo, que el establecer absolutos y dejar reposar a las sociedades y los individuos que la conforman en el cómodo asiento de su subjetividad. ¿Quiere decir esto que la historia es ineludiblemente relativista? Tal vez, pero la crítica perfecciona; que la crítica que suministra parezca incesante –y nihilista- no es culpa de la propia historia, sino de la búsqueda de certidumbres filosóficas en las regularidades, series, cambios, continuidades y discontinuidades que explican y evalúan, a la espera de que estas resistan su eventual enmohecimiento en contextos distintos a los que fueron creadas. En pocas palabras, el abandono a la confianza de la historia en su carácter de ciencia es abandonar la perspectiva histórica de la misma disciplina y su progreso. El pensamiento racional no es su propio enemigo, sino la anulación del tiempo en los análisis y su descontextualización.
En consecuencia, la verdad histórica es entendida como acumulación subjuntiva. Por esto es necesario diferenciar entre verdad absoluta y relativa, y verdad total y parcial. La verdad, aunque tiene una propiedad relativa, en tanto que es entendida en «un proceso, un devenir, no en un dato fijo y definitivo»,6 dicha propiedad está sobre todo en la construcción elíptica de su enunciación. En otras palabras, en su parcialidad, «en la medida que se desarrolla nuestro conocimiento sobre el objeto dado».7 Por otra parte, incluso al limitar «las ambiciones del conocimiento, se llega en algunos casos a un conocimiento exhaustivo y, por consiguiente, inmutable de un aspecto de la realidad», a esto lo podemos llamar «verdad parcial absoluta».8 Ahora, esto no quiere decir que el uso de verdad absoluta y verdad parcial implique un relativismo que define la verdad a casos particulares solo funcionales ahí, sino que este principio relativo apela a que, como dijimos, el «conocimiento es acumulativo».9
Es por lo que puede decirse que todo es histórico, en el sentido de que todo es susceptible de ser histórico en función del presente vivido. «Es histórico todo lo que es especifico», dice Veyne. En ese sentido se puede hablar de hombre-valor, mujer-valor, acontecimiento-valor, etc. La importancia del imperio romano radica ya no en su cualidad interesantística (pues es incapaz el europeo de extrañarse de la sociedad romana), sino en su potencia representativa de ser el núcleo de la sociedad occidental, así cobra valor.10 Importa porque así podemos continuar siendo de una manera.
Pero aquello exterior a la frontera de la semiósfera requiere de una traducción al sistema de valores interno. Aquí tenemos un pie en la antropología y la semiótica simultáneamente. Se dice que debe traducirse ese objeto extraño (dígase la civilización maya según el ejemplo de Veyne, o más actualmente, la cultura narco) al lenguaje interno, pero este problema que tiene su centro en la semiosis entre dos culturas que se reconocen distintas va más allá que del trabajo del antropólogo, y aquí es donde aparece la no-esencia del género histórico. Para ello debemos adentrarnos en el terreno crítico de la narración, ¿cómo tramar lo intramable? Según Michel de Certeau en La escritura de la historia (un «estudio de la escritura como práctica histórica»11) se entiende a la práctica historiográfica como un acto discursivo. Los actos y las prácticas requieren de mecanismos bien definidos para ser considerados como tales. La estipulación de dichos mecanismos no antecede a la práctica ni viceversa: «La institución no da solamente una base social a una doctrina, también la vuelve posible y la determina subrepticiamente, ¡y sin que una sea la causa de la otra!».12
Esta característica no le quita su valor de ciencia a un discurso por sí misma, es «El discurso científico que no habla de su relación con el “cuerpo social” el que deja de ser científico», además de que lo imposibilita de convertirse en práctica pues sólo vive en el mundo de lo abstracto.13 Derivado de esto tenemos que «la operación histórica se refiera a la combinación de un lugar social, de prácticas científicas y de una escritura».14 De Certeau le dedica su propio tiempo narrativo a cada uno de estos aspectos. Se puede afirmar que es solo en la coyuntura de estos tres que se desarrolla la práctica historiográfica y aparece el texto en toda su complejidad:
- Sobre el lugar social. Esto se relaciona a lo que en otros lugares se ha dicho como teoría crítica o crítica ideológica. Cuando se dice que «Un mismo movimiento organiza a la sociedad y a las ideas que circulan en ella»15 (lo que en semiótica se ha llamado semiósfera), se entiende que el conocimiento es topológico. Emana de un punto de la realidad concreto (concreto entendido como el cúmulo de las relaciones sociales) en ineludible relación con los otros puntos de la red social.
- Sobre las prácticas científicas. Si recordamos a Michel Foucault, es la episteme la que condiciona y crea las condiciones necesarias para la gestación de una disciplina. De Certeau agrega para la ocasión cuáles son las implicaciones de dicha aseveración para la operación historiográfica. En primera el sometimiento de las técnicas, pero más allá, aparece la «frontera cambiante entre lo dado y lo creado».16 En otras palabras «Los signos se multiplican».17 El historiador no explica la realidad tal cual, y no es tal cual que la distorsione, sino que la abstrae al lenguaje concreto de su narrativa histórica produciendo un nuevo sistema de signos en el seno de uno más amplio.
- Sobre la escritura. Salir del campo erudito de trabajo y adentrarse al mundo de la narración implica el manejo de distintos mecanismos escriturarios. El desdoblamiento del texto en cualquier lugar social media entre el mundo de los significantes y los significados. Se amplía la cuestión a que no sólo es el juego de la selección (el uso de las fuentes documentales) el que está implicado, sino el de la simulación (aprehensión de lo intangible) y la construcción (qué tipo de discurso se puede hacer, o cuál será la estructura que lo vuelva coherente en tanto sistema).18
Al asumir la contingencia del objeto de estudio de la historia como parte de la epistemología de la misma ciencia-disciplina, se nos abre la puerta para detonar el apartado de categorías que esta utiliza sin miedo al caos que esto pueda provocar.19 Es, así pues, que ya hablábamos de transformaciones incorporales, pero ¿cómo trasladarlas a la disciplina histórica? Para ello hemos de recurrir al concepto de acontecimiento de Foucault: el materialismo de lo incorporal. Foucault dice que «el acontecimiento no es ni sustancia, ni calidad, ni proceso», este, continúa «no pertenece al orden de los cuerpos. Y sin embargo no es inmaterial; es en el nivel de la materialidad, como cobra efecto, que es efecto». La cuestión central es la siguiente: el acontecimiento, que
tiene su sitio, y consiste en la relación, la coexistencia, la dispersión, la intersección, la acumulación, la selección de elementos materiales; no es el acto ni la propiedad de un cuerpo; se produce como efecto de y en una dispersión material. Digamos que la filosofía del acontecimiento debería avanzar en la dirección paradójica, a primera vista, de un materialismo de lo incorporal.20
De esta forma aparecen dos conjuntos de análisis del discurso que podríamos aperturar en el mismo sentido que el francés: en primer lugar, tendríamos «el conjunto crítico que utiliza el principio de trastocamiento» que busca relativizar el objeto de constricción del discurso, y en segundo lugar «el conjunto “genealógico” que utiliza los principios del cómo, respecto a qué y cuáles condiciones constituyen el discurso».21 Aquí hemos de complementar esta segunda estrategia con la de Derrida, que seguiremos nombrando como la de rastreo. Todo esto derivado del hecho de que en definitiva existen «rupturas, discontinuidades, que no se pueden saltar, ni en un sentido ni en otro»,22 es decir ni del pasado al presente, o viceversa, si lo que se hace es percibir el paso del tiempo como algo lineal no podría hacerse sin repercusiones epistemológicas mas que en un trabajo con razonamiento acrítico y superficial.
Sin embargo, es requerimiento técnico de la historia «Organizar el pasado en función del presente», manera en que según Febvre «podría definirse la función social de la historia».23 Con todo y ello es necesario un grado de objetividad, algo posible debido a que «En la historia el hecho no es la base esencial de la objetividad, tanto porque los hechos históricos son construidos y no dados, como porque en la historia la objetividad no significa mera sumisión a los hechos». Pues recordemos que si algo no es falsable no es ciencia. En consecuencia «No hay hecho o hecho histórico sino dentro de una historia-problema».24
Pero aquí llegamos a una nueva encrucijada: la intersección entre vertreten, «representar», «hablar en favor de», como en la «política», y darstellen, «re-presentar», interpelar como en «arte y filosofía». Spivak arguye con justa razón que «la oposición entre teoría pura y abstracta y práctica “aplicada” concreta es demasiado fácil y rápida».25 Quizás haya sorprendido que hayamos eludido hasta aquí las categorías de poder y de deseo; no debe el lector dejar correr el por qué dichas categorías están al servicio del concepto de sematerium -que abordaremos más adelante- y no al revés sin que antes se le proporcione una explicación: la respuesta rápida es que ambos son apriorismos, pero elaboremos en sus implicaciones. En Deleuze vemos que el concepto de deseo, «máquina de una máquina»,26 donde productor y producto son sustituidos constantemente, existe más o menos así:

Donde el sujeto debería tener una propiedad relativa en tanto significante en un juego de signos, la soberanía del sujeto occidental se abre paso en la explicación del otro heterogéneo, así el sujeto abandona la superficie que habita en aras de la vertreten que, en vez de desplazar el centro gravitatorio de su semiósfera, provoca la expansión constante de sus fronteras, proceso el cual tiene de por medio la traducción semántica de lo que se encuentra fuera a los términos de lo que se encuentra dentro, exigiendo su obliteración. El otro cae de esta manera en el hábito de explicarse constantemente bajo términos exógenos a su propia semiósfera. Para Foucault y Deleuze estos mecanismos de representación (el vertreten y darstellen) operan conjuntamente donde una forma subsume a la otra (la primera a la segunda), lo que crea un sujeto unitario («monolítico») y por tanto «Soberano». Por el contrario, para Spivak, apoyándose en Marx, su operación es difusa y discontinua, y por ello interrelacional, donde se busca poner en evidencia una teoría de los intereses.27 Por otro lado el poder de acuerdo con la horizontalidad y la analogía de red funciona bajo las siguientes características:

En ese mismo orden de cosas, «Bajo la apariencia de una descripción posmarxista de la escena del poder, encontramos de esta manera un debate mucho más antiguo: entre representación o retórica como tropología y como persuasión».28 El intelectual no puede apelar a esencialismos, por lo tanto, debe abandonar cualquier pretensión empirista-positivista. Lastimosamente «Este S/sujeto», el intelectual francés, «zurcido conjuntamente a una transparencia mediante negaciones, pertenece al lado de los explotadores de la división internacional del trabajo». El tercer mundo es coaptado por el primer mundo, pues en un intento de inteligibilidad de este último por el primero, se constituye un otro homogéneo. Así «el intelectual» es «cómplice en la persistente constitución del Otro como la sombra del Yo».29 Es solo posible entonces, según Spivak cotejar «a los yo’s heterogéneos del Otro» no representándolos (vertreten) sino representándonos «(darstellen) a nosotros mismos».30
Al referirse constantemente a una visión micrológica del poder (deseo) la topografía de la producción del conocimiento pierde importancia. De ahí la crítica a la discontinuidad geográfica de Spivak -el lugar no es inocente. Si lo micrológico antecede, y por ello explica lo macrológico, se violenta y desplaza cualquier otra forma de constitución del sujeto; en detrimento de la heterogeneidad se «oscurece la lectura de las narrativas más amplias del imperialismo». Pierre Macherey ha suministrado a la crítica literaria un método para dicha lectura al buscar evidenciar los parámetros ideológicos que le han dado forma a la literatura de origen europeo, la cual, al partir de la idea de que la sociedad es un textum, no texto, tejido, esta es susceptible de ser leída: «Lo importante en un trabajo es lo que no se dice. Esto no es lo mismo que […] ‘lo que se rehúsa a decir’ […]: un método puede ser construido sobre esto con la tarea de medir silencios, tanto los conocidos como los no conocidos».31
En ese sentido, Derrida ha dicho lo suyo en Of grammatology, pues en su propuesta este no apela a «permitir al otro hablar por sí mismo» sino que más bien «acude a un “recurso” o “llama” al cuasi-otro –tout– autre como opuesto al otro auto-consolidante, a “volver delirante esa voz interior que es la voz del otro en nosotros”».32 Sin saberlo, la teoría de la historia tiene haciendo algo similar desde mediados del siglo XX. El lector puede ser juez por sí mismo de tal aseveración al leer un pasaje de Apologie pour l’histoire ou le métier de l’historien, escrito en plena segunda guerra mundial y publicado póstumamente:
Una experiencia única nunca es capaz de discriminar sus propios factores, por ende, de dar su propia interpretación.
Asimismo, esta solidaridad entre las edades es tan fuerte que los lazos de inteligibilidad entre ellas tienen en verdad un doble sentido. La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero quizá es igualmente vano esforzarse por comprender el pasado, si no se sabe nada del presente. Ya he recordado en otro lugar la anécdota: acompañaba a Henri Pirenne en Estocolmo. Apenas habíamos llegado, me dijo: “¿Qué vamos a ver primero? Parece que hay un ayuntamiento nuevecito. Empecemos por él”. Después, como si quisiera evitar mi asombro, añadió: “Si fuera anticuario, no tendría ojos más que para las cosas antiguas. Pero soy historiador. Por eso amo la vida”. En efecto, esta facultad para aprehender lo vivo es la principal cualidad del historiador.33
En conclusión, es coherente decir que «El rechazo del signo-sistema bloquea el camino para el desarrollo de una teoría de la ideología».34 Desde un punto de vista semiótico el historiador aquí operaría como significante que representaría la erudición de su quehacer; dentro de sus categorías de análisis posibles operaría una estructura: la técnica y el método; y por resultado una semiosis entre el producto final (el resultado de una investigación inacabable pero presuntamente consumada) y los elementos considerados -o no- en su configuración. Esto es, hay un historiador transformado antes y después de la investigación, debe siempre existir otro distinto una vez que el sistema ha sido implementado. El problema está en cuanto se abandona la idea de semiosis entre objetividad y subjetividad en el oficio del historiador.
Esto, en pocas palabras, es para nosotros los historiadores uno de los mayores argumentos para concebir a la historia como científica. Pues la metodología no está flotando por allí o por acá en un espacio de incertidumbre metodológica o epistemológica. Se han puesto las manos ya en un universo de fuentes metodológicamente agotable y epistemológica inagotable. Asumir a la historia como plenamente científica significaría entonces jamás ignorar «el carácter multiforme de la documentación histórica».35
Así como «con la ayuda de una sociología de la narrativa hay que estudiar las condiciones de la historización»,36 con la ayuda de una semiología de la historia hay que aprehender su carácter paradojal; en una oportunidad de semiosis intelectualmente tan estimulante como desafiante, pero que definitivamente podrá perdurar con mayor probabilidad al paso del tiempo por su carácter vacuo mientras el historiador actúa y piensa críticamente durante su proceso de investigación histórica. Este relativismo sólo puede darse desde la postura científica que está consciente de sus limitaciones. Solo así puede aparecer «El intelectual que-no-representa», pues a los intelectuales, y en este caso a los historiadores, que han aprendido «que su privilegio es su menoscabo», se les puede permitir «desplazar su propia producción solo presuponiendo ese espacio en blanco inscrito en el texto».37
Guiados por un «impulso de de investigación» como el de Momigliano, maestro del historiador italiano Carlo Ginzburg, y el entendimiento de que, según este último «“una mayor conciencia de la dimensión narrativa no implicia un debilitamiento de las posibilidades cognitivas de la historiografía sino, por el contrario, una intensificación de estas”»,38 debemos los historiadores, particularmente los historiadores jóvenes, aprovechar la crítica que ha recibidio la modernidad europea para empezar a escribir desde nuestras trincheras siempre teniendo en cuenta las implicaciones sociales y cognitivas que la historia tiene como herramienta del cambio social en tanto que narración, y en tanto que verdad que construimos en el proceso de investigación. ¿Qué otra verdad científica tiene la oportunidad de ser narrada de forma tan poética y hermosa sin perder su estatuto de objetividad además de la historia? Debe haber otras, pero la que mejor conozco es esta.
AUTOR

- Roger Chartier, Pluma de ganso, libro de letras, ojo viajero (México D. F.: Universidad Iberoamericana, 1997), 85. ↩︎
- Paul Veyne, Cómo se escribe la historia. Foucault revoluciona la historia (Madrid: Alianza, 1984), 13-14. ↩︎
- Paul Veyne, Cómo se escribe la historia…, 14. ↩︎
- Paul Veyne, Cómo se escribe la historia…, 15-18. ↩︎
- Jacques Le Goff, Pensar la historia. Modernidad, presente y progreso (Barcelona: Paidós Ibérica, 1991), 49. ↩︎
- Adam Schaff, Historia y verdad (Barcelona: Crítica, 1983), 103. ↩︎
- Adam Schaff, Historia y verdad, 111. ↩︎
- Adam Schaff, Historia y verdad, 112. ↩︎
- Adam Schaff, Historia y verdad, 111. ↩︎
- Paul Veyne, Cómo se escribe la historia, 42-48. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia (México D. F.: Universidad Iberoamericana, ITESO, 1999), 12. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia, 73. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia, 74. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia, 68. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia, 73. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia, 82. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia, 83. ↩︎
- Michel De Certeau, La escritura de la historia, 67-118. ↩︎
- Tres décadas atrás Burke y otros historiadores de alto calibre abordaban ya las problemáticas a las que se enfrenta lo que se ha llamado la Nueva Historia, al englobar a todos las maneras disruptivas de hacer historia, véase: Peter Burke et. Al., Formas de hacer historia (Madrid: Alianza, 1991). ↩︎
- Michel Foucault, El orden del discurso (Buenos Aires: Tusquets, 2004), 57-58. ↩︎
- Michel Foucault, El orden del discurso, 59-60. ↩︎
- Jacques Le Goff, Pensar la historia, 27. ↩︎
- Lucien Febvre a través de Le Goff, Pensar la historia, 29. ↩︎
- Le Goff, Pensar la historia, 34. ↩︎
- Gayatri Chakravorty Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?” Revista Colombiana de Antropología, núm. 39 (2003): 308-09. Recordemos que en “¿Puede hablar el subalterno?” la autora bengalí apunta a la yugular de la intelectualidad francesa de la segunda mitad siglo XX: Deleuze y Foucault (ambos ya citados). ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 304. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 304. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 310. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 316. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 330. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 333 y 326. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 338. ↩︎
- Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio del historiador (Ciudad de México: FCE, 2001), 71. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 315. ↩︎
- Jacques Le Goff, Pensar la historia, 106. ↩︎
- Jacques Le Goff, Pensar la historia, 109. ↩︎
- Spivak, “¿Puede hablar el subalterno?”, 330, 327 y 337. ↩︎
- Carlo Ginzburg, La letra mata (Santiago de Chile: FCE, 2024). ↩︎






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