A mitad de la sierra en el interior del país, rodeado de un río y montañas secas características de la zona, se encuentra un hotel: veinte habitaciones rodean un jardín y a su vez una inmensa área verde rodea el complejo. A pesar de estar a dos horas de la ciudad más cercana el lugar cuenta con todas las comodidades para satisfacer a una exigente clase media urbana que se desenvuelve en el jardín, una mujer que hacía yoga interrumpió su ejercicio al encontrarse con una pareja de cohabitantes de la capital y discuten la importancia de un perro educado y de tener buenos vecinos en una colonia tranquila. Mi padre (pues vine con mi familia como es costumbre) camina por el sol con su conjunto deportivo preparándose para entrar sin frío a la alberca y un niño, que por supuesto se llama Santiago, corre a través del jardín rumbo a encontrarse con sus hermanos.

En la recepción del hotel una hoja blanca sin ninguna decoración anuncia “actividad de Año Nuevo” y describe un ritual donde los asistentes debemos caminar por la oscuridad con una vela para llevar nuestros talentos del 2024 al 2025. Mi amigo Roque me escribe para expresar su preocupación por no haber cumplido sus expectativas personales en el año saliente y su pretensión para intentarlo, como hace tres años, en el veinte veinticinco; aprovecho y le explico nuestra novedosa y espiritual actividad de fin de año y concluye diciendo que suena al Ku Klux Klan.

A las ocho en punto hay que presentarnos a la entrada del spa para recoger nuestra veladora y una bengala, hay que caminar hacía el jardín grande en total oscuridad mientras repetimos en la mente nuestros talentos de 2024; sin embargo, como en las complicaciones de la vida el viento sopla con fuerza, y como mis talentos a lo largo del tiempo, la vela se apaga.

Cada que termina un año e inicia uno nuevo se presenta en cada uno de nosotros un revuelo emocional que se manifiesta en alegría, festividad o, en otros casos, en una severa decepción. Algunos escépticos dicen que solo es otra vuelta al sol, pero lamentablemente somos humanos y si el Año Nuevo fuera sólo otra vuelta al sol las estrellas solo serían luces en el cielo y la luna una estrella más grande. Muy a mi pesar le tengo que dar la razón a la complejidad humana con la que trabajan los antropólogos.

Volviendo con Roque, ferviente activista intelectual me escribe de nuevo en la víspera de Año Nuevo para decirme que lamentablemente no podrá asistir a mi cumpleaños, o que si asiste se irá temprano, el comentario me parece interesante porque no he enviado invitación alguna y mi cumpleaños es en los últimos días de marzo, por lo que indago y me explica que es su propósito de Año Nuevo alejarse de espacios hostiles y muy socialmente ajetreados, lo que me parece un cambio difícil de apreciar, pues en los seis años que llevamos siendo amigos, Roque ha asistido exactamente a un cumpleaños y una cena, ambas en Coyoacán, dónde hasta el momento él vivía, de tantas a las que se le ha invitado, así que en cierto modo, el propósito de Roque es permanecer igual en ese aspecto.

Mi año ha sido de cambios, de pérdidas y resignaciones, pero esto ya no es malo, es parte de la vida, pareciera ser que la adultez consiste también en entender que la felicidad es grande porque es escasa.

Volviendo a casa, en la siempre ajetreada Ciudad de México, mis amigos y yo nos tomamos el fin de semana para comprar decoraciones, planear actividades y demás detalles necesarios para uno de los eventos del año de nuestro círculo social: el cumpleaños de Adela. Felipe, Carlos, Adela y yo viajamos al Centro, lugar que normalmente evitamos a menos que sea estrictamente necesario o busquemos buenos precios, por supuesto este día es el segundo caso. Felipe, quién es mi amigo pero no sé mucho de su vida diaria y es bastante nuevo entre nosotros, tuvo una de esas situaciones que escalan a la opinión pública de nuestra comunidad de jóvenes y que no es más que alimento para la mesa donde todos quieren probar un poco y cuestionar otro tanto. Él, como ya había demostrado a lo largo del año, se arrepiente de no haber frenado esa tremenda exposición a tiempo y de no tomar cartas en el asunto, ahora ya es demasiado tarde y entre nuestros amigos, que siempre son estrictamente los mismos, Felipe ya es alguien que hay que tomar con pinzas. Otro de sus arrepentimientos se basa en la importancia que le dio a un muchacho ahora casi desconocido que se fijaba en los defectos de su cuerpo y poco en la profundidad de sus sentimientos, ocasionando que Felipe ahora vea en su propio ser el mismo filtro que el desconocido usaba. Felipe es de muy lejos, se nota en su acento y me cuenta que se arrepiente de haberse mudado a la Ciudad de México, pues se dio cuenta de lo mucho que estimaba a la gente que ya lo rodeaba. Sin embargo, a pesar de no haber sido el mejor de sus años es positivo respecto al nuevo año, en sus palabras dice que ya no quiere ser tan “extraño”, que quiere ir a terapia y al dermatólogo, o al menos una de esas cosas, quiere mejorar y ser más feliz y olvidar o aceptar ciertas cosas de él. Por alguna razón, para todos esta vuelta al sol representa una oportunidad única.

Adela, por otro lado, con su personalidad contundente y decidida me dice que jamás se arrepiente de sus decisiones, sean buenas o malas, no importa porque cada suceso de su vida es consecuencia de algo y detenerse a pensar sobre si algo debió suceder o no es un ciclo innecesario, se enfoca mejor en lo que está por venir, cerrar ciclos pendientes, aprovechar la vida, y concluye diciendo que quiere que todo fluya. En este punto me preocupo de cómo será la relación entre ellos dos, pues yo los presenté y en cierto modo si una batalla de personalidades se llevara a cabo en el plano de la discusión verbal hostil sería mi responsabilidad.

Por la noche, volviendo a mi departamento, lo más lejos posible del Centro, y como es costumbre, veo películas a través de llamada telefónica con Gabriel, sólo con Gabriel, no es que no me guste dedicar la misma actividad a otras personas, pero los dos tenemos el mismo tipo de sensibilidad, nos reímos de las mismas películas y sabemos cuándo llorar. Esta noche, viendo Emilia Pérez, se puro llorar de lo mala que es. Cada uno desde su casa pone la película en el minuto y segundo exacto, contamos hasta tres y la reproducimos para que en la llamada parezca que estamos en el mismo lugar.  Retomando la charla de la tarde le pido su opinión del año pasado y dice que se arrepiente de perder tanto tiempo en sobrepensar las cosas, en lastimar a las personas que lo han querido y en dejar consumirse en varias ocasiones por sus miedos. Y es que, aunque Gabriel es tan buena persona como músico, si tuviera que describir sus problemas en una sola palabra, sería ese eterno sobrepensamiento que no le permite ver el alcance de su vida, le nubla el observar la inmensa cantidad de cosas que ha hecho y es que, contrario a lo que se pudiera pensar acerca de sus miedos, lo cierto es que Gabriel nunca dice que no y eso lo ha llevado a vivir una multitud de experiencias en ámbitos tan inesperados como ser maestro o comentarista político. En cierto modo uno de mis propósitos de Año Nuevo es ser un poco más como Gabriel.

Por la mañana tengo una reunión con Jorge, que es mi compañero de trabajo, y en su poética existencia dice que se arrepiente de haber estado triste todo el año porque los límites que exploró con esa tristeza lo hacían hacer cosas de las que se arrepiente (soy bien testigo de eso). En sus palabras, descubrió un lado de él delirante y enloquecido, muy poco parecido a la persona que creía ser. Sin embargo, aunque su año fue un abismo considera que lo está escalando, demostrando cosas, mejorando, reconociéndose y en su propia voz: “Haciendo esas tonterías que le dan sosiego a uno, la tan trillada paz”.

Los propósitos de cada quien, sus decepciones y arrepentimientos se distribuyen a lo largo del tiempo, es algo así como imaginar que el paso de los años es Paseo de la Reforma y uno es un turista que se mueve en un coche del sur al norte a lo largo de la vida, muy al sur, en el pasado, el coche avanza lento y al dejarlo atrás recordamos muy nítidamente las cosas que hay ahí: El Bosque de Chapultepec, los rascacielos y todos los lugares icónicos de los que no queda duda, nuestros recuerdos agradables del pasado, pero seguimos avanzando y en el camino observamos muchas cosas y aprendemos otras, cada que avanzas te diriges al norte, donde poco a poco vas identificando menos lugares, a la altura de Metro Hidalgo comienzas a perder mucha certeza de hacia dónde estás yendo, muchas veces esa incertidumbre te hace desviarte de la ruta y llegar a Tepito, a la Condesa o a Tlatelolco, y una vez estando ahí es importante aprender a quedarse en lo que tenemos, en los lugares a los que podemos llegar, porque realmente la vida y el paso del tiempo no son Paseo de la Reforma, y nunca sabes si estas yendo del sur al norte o del norte a sur, o si quiera si estas en la avenida que quieres estar o en Viaducto o Periférico dando vueltas.

Hay que saber tomar la ruta que nos corresponde, la que nos lleve a la tan trillada paz, pero esa ruta no es un punto B al que llegar, es un proceso en el que hay que avanzar. Sí, hay que ir al norte o al sur, donde estén nuestros sueños, pero hay que ser feliz en el trayecto porque no sabemos si vamos a llegar, lo que sabemos es que nunca nos vamos a bajar del coche, el coche no se detiene en el tiempo, en la avenida de la vida no hay semáforos, pero sí muchos accidentes.

Este año cumplo un cuarto de siglo, Gabriel me lo recuerda y no sé qué pensar, pareciera que mi coche se detuvo pero la calle avanzó, y conforme avanza cada vez me siento más distante, como si ya no estuviera navegando en el concreto sino alejándome del suelo, los accidentes que tenga a partir de ahora serán con las estrellas. Veinticinco años en el 2025 no es mucho, no recuerdo ni siquiera los acontecimientos que se enseñan en la escuela como Historia contemporánea, aún soy un grano de arena en mi vida, pero es que cuando ya no lo sea tampoco seré yo mismo, la oportunidad de ser quien soy solamente dura un instante, y cuando aprenda a ser feliz en el trayecto de mi vida la vida estará más cerca de dejar de serlo.

Pienso, sin embargo, que no he sufrido lo suficiente para tener derecho a quejarme y recuerdo la postura positiva de Adela, le escribo para entender la razón de mi arrepentimiento y me confiesa la verdad: si piensa en sus errores del pasado, piensa mucho en cómo hubieran sido las cosas de otro modo, pero solo le queda aferrarse a lo que hay. Me doy cuenta nuevamente que no estoy solo, los coches de todos están cada vez más lejos del suelo y aún así encuentran la felicidad, aún así renuevan sus esperanzas con el Año Nuevo.


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