Greta estaba conmigo más o menos desde que le dieron su plaza de tiempo completo. La primera vez que la vi me pareció una mujer brillante, tanto que a veces me digo a mí mismo a manera de chiste que no sé si la extraño más a ella o a sus ideas. Inicialmente también estaba Pablo, un gato viejo, pero de esto ya hace más de quince años y, si el gato ya era viejo para entonces, ya se imaginarán. Más joven estuvo casada con un tal Gómez, creo, pero la verdad es que nunca le gustaba mucho hablar del tema, ni siquiera con sus amigas.
Greta era muy particular, reservada, pero a la vez bastante hogareña. Nuestra relación mucho tiempo fue complicada: que si ella quería las paredes amarillas y a mí me gustaban las blancas que ya estaban desde antes, que si quería colgar un espejo en el cuarto, pero no se podía porque ahí había un cableado. En fin, ya sabrán ustedes reconocer las típicas peleas sin mucha importancia de cualquier relación.
Fuera de las normales fallas dentro de lo normativo, nuestra relación siempre fue muy apacible. Cuando nos conocimos Greta ya tenía casi cuarenta y yo tenía cincuenta y dos, su etapa de fiestas o llegadas de media noche ya había pasado y más bien se dedicaba a leer o revisar trabajos de alumnos desde que llegaba de la universidad y hasta que decidía ponerse a ver televisión. Eso me gustaba mucho. Juntos vimos todas las temporadas de Juego de Tronos y repetimos una y otra vez Orgullo y Prejuicio, primero en DVD y después, cuando eso dejó de ser útil, en la plataforma que estuviese disponible.
Había algunas tardes difíciles. Greta tenía un hijo: Ramiro, él no vivía en la ciudad, creció con Gómez y venía cada cierto tiempo desde Tlaxcala para pedir dinero: que si falló el coche, que si se humedeció la casa; siempre haciendo énfasis en lo mala madre que Greta había sido y reclamando que nunca estuvo para él y que en lugar de eso había decidido ser maestra. Profesora, le corregía Greta, a la que le gustaba el título y después le prestaba el dinero, mayor cantidad cada ocasión.
“Esas eran más bien las palabras de Gómez, no las de Ramiro” justificaba Greta cada vez que su hijo salía por la puerta sin despedirse y casi siempre llevándose algo de comida para el camino. De eso preferí nunca tener una opinión.
A pesar de todo, cuando Ramiro ya se había ido y la tarde caía sobre el edificio, llegaba mi hora favorita: Greta preparaba un té y ponía música. Carlos Gardel casi siempre, le obsesionaba desde su viaje a Buenos Aires. Se tambaleaba por la sala hasta llegar a la habitación y era como bailar juntos, la música inundaba hasta la cocina y el baño terminando únicamente con Greta rendida sobre sus sábanas blancas, con sus piernas descubiertas y el cabello rubio suelto. Una imagen difícil de olvidar.
Otro día comenzaron los problemas: alguien vendió su departamento a un precio inconcebible, ni yo que llevaba tanto tiempo ahí me imaginaba que se pudiera ganar tanto dinero de eso. Los contratos llegaron por los cielos, Magda, la señora jubilada del 7 se tuvo que mudar a Azcapotzalco con su hija; Carlos y Susana, que eran contadores, aguantaron un poco más pero finalmente dejaron el 1 para irse a Puebla. En dos años la gente que llegó al edificio era distinta, no hablaban y mantenían cerrada con llave cada ventana, aunque en esa colonia casi no había robos.
Greta no lo decía en voz alta, pero yo sabía que cada vez le era más difícil pagar el alquiler, ya jubilada y sin otros ingresos la situación se ponía turbia. Siempre pensé que me hubiera gustado poder hacer más para ayudarla. Ramiro nunca dejó de venir y Greta en esa ceguera tan característica de las situaciones violentas le seguía dando lo poco que le quedaba, un día se llevó la tele y mis tardes con Greta dejaron de ser para ver series, ahora la acompañaba a sacar cuentas: siempre un gasto, siempre un imprevisto. La respuesta obvia fue dejar de ayudar a Ramiro, ya era un hombre muy mayor y además todos los vecinos decían que ya andaba en malos pasos.
Ese día fue intranquilo: los gritos de Ramiro se escuchaban por todo el pasillo. Las vecinas conocidas salieron a asomarse para saber que pasaba, los vecinos nuevos se fueron a quejar a la administración por el ruido. Pero al final, cuando Ramiro se fue la paz llegó para Greta.
No me imagino muchos dolores peores que tener que desprenderse de un hijo, sobre todo con la culpa imaginaria que ella cargaba por supuestamente no haber sido una buena madre. Yo fui muy ingenuo, pensé que sin ese gasto ya iban a arreglar las ventanas o la regadera que goteaba bastante, pensé que quizá más adelante podríamos tener una nueva televisión o hasta uno de esos sillones que se reclinan y dan masaje.
Nada fue así. El 18 de octubre me agarró por sorpresa. Entre la oscuridad de la noche y que la puerta de entrada casi no rechinaba ni siquiera pude verlo bien: una silueta, un hombre sin duda. Ramiro, sin duda. O eso decían las vecinas porque a fin de cuentas él ya andaba en malos pasos. En fin, como si nada, como si esos veinticinco años no hubieran existido, esa sombra se robó tres collares, el DVD y cuatrocientos pesos, pero esa noche del 18 de octubre también se robó a mi Greta, por la mañana la pude ver bien: sus piernas blancas descubiertas como siempre, pero el cabello rubio agitado, la sangre (de un rojo que yo nunca había visto) se corría por las sábanas y se deslizaba ligeramente bajo la cama. Pasaron los días y nadie se daba cuenta, ¿Quién sino yo se iba a dar cuenta? Claro, las vecinas, que Greta siempre decía que eran muy chismosas notaron el olor, varios días habían pasado ya, pero era mejor eso que nada. Estuve muy atento y con el alma rota cuando vino la policía, que si el perito, que si familiares lejanos, nadie se preocupaba realmente por Greta o por hacerle justicia, lo urgente era cerrar la carpeta. Un robo, eso fue, sin más la policía no se molestó en indagar, había un cadáver y algunas cosas robadas, que más podía ser que un simple robo. Mala suerte para Greta.
Ni tardo ni perezoso llegó Julián, el dueño acompañado de su esposa Ana Paula, o Ana Pau como todos le decían, y con ayuda del nieto en una semana me pusieron en orden: me arreglaron la gotera y las ventanas para que pudiera ver hacia fuera, tallaron la sangre del suelo y decretaron que estaba listo para una nueva vida. “Greta era mal negocio, las cosas como son” dijo Ana Pau lista para ponerme en oferta. Airbnb, dijeron, eso sería yo a partir de ahora y según ellos iba a estar mejor, menos daños por el triple de dinero. Pero, ¿cómo iba a estar yo mejor?
Han pasado los años y me he vuelto viejo, lo puedo sentir, no voy a durar mucho más en esta ciudad. Cada semana llegan familias, jóvenes o cualquier tipo de persona, casi siempre turistas. Nadie ve la televisión conmigo, ni pone música hasta dormirse, casi nunca están y nunca llego a conocer a nadie.
Unas vacaciones vinieron una mujer con su familia: rubia, de tez blanca, muy parecida a Greta. La vi y quise soñar que nunca la vi ese 18 de octubre, que tal vez fue un error mío y ella se fue a vivir la vida, que se casó de nuevo y fue feliz sin mí, que volvió a dar clases y volvió a ser joven. Soñé que el mundo era distinto, que el amor existía, que Greta estaba aquí.
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