Nueve años pasan volando y estos nueve volaron también, dando fe al dicho que el tiempo vuela cuando uno la pasa bien…”

La frase anterior pertenece a una canción de mis bandas favoritas, Enjambre. Últimamente esa frase ha estado rondando en mi cabeza ya que, para quienes no sepan, pertenezco a una orquesta sinfónica y curiosamente cumplió este año su noveno aniversario y yo cumplo con ella nueve años de pertenecer y ser miembro fundador de la misma y sí, el decir “miembro fundador” me hace sentir un tanto importante, pero ese no es el punto, lo que de verdad ha removido mi cabeza es todo lo que ha pasado con los ultimo nueve años, algo que no había pensado ni me preocupaba, pero que se volvió un intruso en mis pensamientos justamente el 10 de octubre del 2024.

Ese día fue bastante interesante, mi amiga Dafne (que es hija del director de la orquesta, el Mtro. Rubén) me pidió ser su modelo para su clase de belleza que iba a tener y claro, yo acepté ¿quién rechazaría algo gratis?, así que acordamos vernos en un punto intermedio donde ellos pasarían por mí y así llegar en tiempo a la clase.

Me recogieron en punto de las 7:37 am, demasiado temprano pero no había de otra, la clase era a las 8:00 am y la idea era estar lo más a tiempo posible ya que el proceso era algo tardado.  Durante el camino íbamos comentando temas generales, que canciones poner en la orquesta, el avance que hemos tenido y por supuesto, los próximos eventos, de ahí fue que el Mtro. Rubén pronunció lo siguiente: “En enero cumplimos nueve años con la orquesta, pensaba hacer un concierto para celebrarlo”.

Al momento de escuchar eso se hizo evidente la realidad, si bien sabía la fecha y los años que cumpliría la orquesta, no estaba consciente de todo lo que ya habíamos pasado para llegar a ese momento y es que decir nueve años es muy sencillo, incluso solo pensarlos, pero al reflexionarlo se da uno cuenta de lo arduo que ha sido vivirlos y mantenerse al pie con una actividad que si bien se disfruta, no deja de ser un compromiso.

No fue raro que también eso me hiciera sobre pensar mi papel dentro de la orquesta, es decir, cuando recién empezó el proyecto yo acababa de entrar a la secundaria y tenía 12 años de edad y a ese momento ya estaba en los últimos semestres de la carrera y con 21 años cumplidos, por lo que empecé a sentirme un poco desencajado, no me mal entiendan, no es porque yo no perteneciera ahí, pero el hecho de que la orquesta sea infantil y juvenil, pues da pie para que haya desde pequeños de 9 años, hasta alguien de mi edad, como lo comentaba con mi amiga Seany (igualmente fundadora de la orquesta), que algunos niños apenas estaban naciendo o acababan de nacer cuando ella y yo ya estábamos ahí.

Si bien la diferencia de edad es buena en cierto modo, ya que permite que siendo los mayores podamos ayudar y enseñar a los más pequeños, también están los famosos choques generacionales y es ahí donde uno comienza a desubicarse.

Queriendo o no, durante cada ensayo se vuelve más evidente el desgaste que han dejado nueve años, que van desde el modo en que se lleva el ensayo, el asiento que ya se ha vuelto incomodo y a la primera hora solo me hace desear ya poderme levantar de ahí o incluso la nostalgia de ver como las caras que hasta no hace poco tiempo eran familiares, se han convertido en pequeños rostros de desconocidos. Todos esos pensamientos invadían mi mente con cada día de ensayo, si bien trataba de ignorarlos un poco, lo cierto era que me desconcentraban por momentos de lo que estaba tocando o escuchando, cosas que son primordiales para poder ejecutar en conjunto con la orquesta.

En los pequeños momentos de indicaciones, donde sentía la necesidad de levantarme y descansar, volteaba a la parte de atrás buscando consuelo en Seany o Mario, pero la realidad era que, al verlos, podía ver también el cansancio en sus rostros, el peso de cargar con una reciente vida adulta y universitaria, lo cual no era nada favorecedor, pero al menos no era el único que se sentía así.

Así fue aproximadamente dos meses, tener a la nostalgia, el cansancio y la cotidianidad presentes, lo cual verdaderamente alteró el animo con el que usualmente me presentaba en los ensayos,  lo peor de esto es que yo mismo había introducido todo eso a mi cabeza y no veía manera de afrontarlo, así que me tomé un tiempo, todo enero fueron excusas con las cuales de alguna u otra manera lograba evadir el ensayo, si bien era difícil romper con la cotidianidad, fue de gran ayuda ese pequeño distanciamiento de un mes, todo enero del 2025.

Durante ese mes, pude reflexionar de nueva cuenta lo mucho que me había costado llegar a ese punto, pensé en las personas que se habían quedado en el camino y que no tuvieron la suerte de encontrar las pequeñas ayudas que me permitieron continuar a mí, eso me hizo sentir afortunado, además, recordé lo mucho que amo ser parte de la orquesta, como la música me ayuda a expresar, a sentir, a ser yo mismo porque me quedó muy claro que gran parte de lo que actualmente soy, es gracias a la orquesta.

Así pues, regresé en febrero, no había sentido tantas ganas de tocar como ese día que volví, me sentí parte otra vez.

Así, llegamos al 2 de marzo de 2025, en punto de la 1:00pm iba a comenzar el concierto de celebración por los primeros nueve años de la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil de Banderilla, me encontraba listo, con mi traje de gala, ese que por varios años me ha acompañado en cada uno de mis conciertos, la viola lista, afinada y claro acompañado por maravillosas personas tanto arriba del escenario como en el público.

Tratar de describir todo lo que pasó en el concierto solo alargaría de manera innecesaria este texto, así que solo me limitare a contar el final, ese momento en que después de una entrega de reconocimientos a todos los fundadores y con el ultimo acorde dado, el público aplaudió y se puso de pie como muestra de respeto a lo que acababan de oír y ver. Dicen popularmente que el alimento del artista es el aplauso y en una pequeña parte tiene razón, alimenta el interior, lo sana, lo llena y permite darse cuenta de que todo ha valido la pena, que nueve años han sido muy poco y que en verdad encuentra uno el amor en lo que hace.

¿La nostalgia? Me invadió completamente en esos aplausos, porque no sabemos exactamente si son de los últimos que pueda uno recibir, ya que sé que mis días dentro de la orquesta son contados debido a que ya crecí y sé que más temprano que tarde tendré que despedirme, ya no por un mes, sino para siempre, pero al mismo tiempo el gozo y la dicha dejaron de lado esa nostalgia, porque me hicieron entender que los nueve años no han pasado en vano, que el cariño y admiración de la gente estaba ahí en ese momento, que no me equivoqué cuando decidí entrar y que, si fuera posible, podría seguir y disfrutar otros nueve años más.


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