El otro día recordaba las ocasiones en que esperaba el autobús. Me preguntaba cómo era que a diario las personas despertamos y sin el menor titubeo echamos a andar la rutina, la gente se viste, se arregla, si puede come algo y parte. En los tiempos muertos en que aguardabamos yo y otras treinta gentes, invadiendo “nuestros” metros cuadrados, a la espera de esas moles blancas que nos presumían como el futuro de la movilidad en Aguascalientes, me preguntaba si un día realmente no iba a colapsar en cólera ese sistema.
Ocasiones no faltaron. Si acaso un lector no me dejará mentir, pero abordar un autobús, el metro, metrobús o llámele como quiera, recalca en la piel una sensación de tensión permanente. Hay días donde nadie se voltea a ver a los ojos y parece que bastará un choque, un contratiempo o un cochista de esos que creen que su prisa es la única que vale para desatar la furia contenida en esas cajas metálicas, para desdoblar el hartazgo de todos esos cuerpos apretujados de camino a la escuela, al trabajo, o a dónde sea; porque no ser conductor te restringe en automático a algunas opciones, poquísimas, entre las cuales la más económica resulta en sacrificar horas, integridad y paciencia para entrarle al mal llamado “transporte público”.
Nunca presencié uno de esos días, había trifulcas, pero pocas. Parece que todos vienen embebidos en su pantalla, de dónde al puro estilo de 1984 no falta al que desde el aparato pareciera que le están repitiendo:
LA GUERRA ES PAZ.
LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD.
LA IGNORANCIA ES FUERZA.
La primera escena que me hizo querer escribir lo que veía allí fue una ocasión en que presencié a una madre llevar a su hijo pequeño, todos los días, con mochila en un brazo y el niño del otro lograba acomodarse entre el reducido pasillo y los asientos que nunca satisfacen la demanda de las horas pico. En aquella ocasión levantó al muchacho del bullicio y lo subió a los espacios de maletero que se encuentran junto a la entrada, el niño, visiblemente asustado, no se separaba de la mano de su madre quien se mantuvo firme frente a la marea de gente que entra, empuja, empuja más y se acopla en calidad sardinezca hasta encontrar un espacio desde dónde resistir los cincuenta minutos de trayecto.
Ese día decidí que quería compartir, algún día quizá, lo que pasaba por mi mente al observar la realidad de mi ciudad, una narración que más de medio millón de personas se cuentan día con día en esta “la ciudad de tu vida”, pero donde no te dicen qué clase de vida es la que te toca a menos que te instales o provengas de esa “zona diamante” que hoy tanto se repite en publicidades inmobiliarias aquí y allá en nuestro país. Total que dejaba para luego la vaciada, porque cómo las moles blancas ahora incluyen internet, de forma deliberada y casi automática te sumas al delirio de ahogar la conciencia, todos estamos tan cansados que nadie quiere voltear, remitiendo a la vigencia de la obra de Orwell, parece imposible no hacerlo: disimular los sentimientos, controlar la expresión facial, hacer lo mismo que los demás, como “reacciones instintivas”.
Porque lo palpable es que la cotidianidad es una narrativa que generamos día con día, y yo les pregunto ¿en qué se parecen las narrativas que vivimos a diario, con la que nos bombardean todos los días en redes, en espectaculares? Vaya, que si hasta todos aquellos que íbamos hombro con hombro en autobús no podíamos dejar de ver las pantallas instaladas convenientemente, para nuestra dosis diaria de propaganda. ¿Qué nos queda, quién cuenta nuestras historias? pocos son los que activamente buscan construir una narrativa común, una verdadera narrativa de que en la ciudad cabemos y merecemos vivir todos igual de cómodos, igual de conectados. Las cotidianidades narradas no se parecen, y sólo compartiendo con los demás la nuestra podemos plantearnos construir una mejor para cada uno y para los demás.
Este espacio no es más que mostrar una narrativa que invitará a llevarnos de tarea hoy y siempre el compartir narrativas sobre cómo es vivir dónde vivimos y por qué puede (o debe) ser otra cosa. Estos son diálogos en la espera, en la espera del transporte, en la espera de las interminables filas para pagar servicios, en la espera de tu turno del trámite de hoy y siempre, en la espera de que un día las cosas mejoren. Y esa última depende de todo mundo. Los que ya tienen una narrativa a su favor no van a hacer nada por cambiarla. Espero, que quién se tome el tiempo de leer esto se lleve el apetito por preguntarle a alguien más cómo es su día en la ciudad, y de esta confrontación, construir una nueva narrativa al respecto.
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