Hacía unas pocas horas que Papá había partido hacia la iglesia, ya la noche había envuelto su casa y solo una vela alumbraba la mesa. Mamá lavaba ropa en una tina, la tallaba con ganas de desgarrar la tela, la exprimía y después la volvía a sumergir. Alonso sólo observaba, su panza llena de la cena que hacía horas había disfrutado después de semanas de hambre.
—Pero, ¿en qué parte del camino estará Papá ahora?
—No sé, mijo, con el lodo yo creo que se hará más rato.
De su pueblo a la parroquia era un trayecto de dos horas a pie, Alonso supuso que el lodo que se pegaba a los pies de su papá lo demoraría más.
—¿Y por qué no podía pedirle ayuda a alguien de aquí, mami?
—Porque es algo que solo puede saber el Padre Horacio, él es el único que puede decirnos qué hacer. Aparte no quiero que el pueblo se entere, es un secreto nuestro, ¿sí? Ven a esta esquina, vamos a hincarnos un ratito para orar antes de dormir.
Bajo una cruz de madera que colgaba de su pared, Alonso se postró en el suelo con su madre y juntó las manos. Su madre comenzó con el Padre Nuestro, seguido del Ave María, luego el Credo, luego:
“Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi más grande culpa. Por eso ruego a Santa María siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes hermanos, que intercedan por mí ante Dios, Nuestro Señor. Amén”.
Su madre se golpeaba el pecho con el puño y él sólo la imitaba. Su mamá besaba el escapulario que colgaba de su cuello, parecía que era lo único que le calmaba. Alonso, por su parte, parecía ser el único que notaba que el pueblo se había callado. Ningún venado, ningún bicho cantaba. El viento que cruzaba entre la puerta y la ventana era el único sonido: constante, con ritmo, respirando. Un jadeo. Era el silbido de un suspiro. Entraba el viento gélido y salía de la casa, pero las ramas de los árboles no se movían, todo estaba quieto, suspirando.
Por fin Mamá notó el ritmo, pero no solo aquél soplar, sino un crujir lejano de ramas. Unos pasos lentos y en el encuadre de la ventana una luz oscilante. Venía alguien.
—¿Viene papá?
—Es muy temprano para que ya haya llegado y regresado. Aparte debería venir con el Padre Horacio y no se ve nadie.
Venía algo.
El demonio, el castigo de Dios por su obrar. Dios ya sabía qué habían hecho y los había abandonado. El demonio venía por ellos, a tentarlos o a tomarlos.
—Vamos a rezar más fuerte, mijo, ¿sí?
—Creo en un solo Dios… Repite, mijo.
El suspiro se escuchaba en sus oídos, el jadeo gutural de un muerto. Terminaban una oración y seguían con otra.
—Por mi culpa, por mi culpa, por mi más grande culpa…
De los ojos cerrados de Mamá ya corrían lágrimas, sosteniendo su escapulario entre sus manos. Agitaba la cabeza y susurraba, subiendo de tono.
—Yo sé que obré mal mi buen Señor, pero discúlpanos por todo. Eres misericordioso, apiádate de tus humildes vasallos. Por favor, mi gran Rey. Nosotros te amamos, no nos abandones. Esperaremos en hambruna a tu llegada, a tus siete sellos, a tus trompetas, a tus siete copas. Teníamos mucha hambre, Padre misericordioso. Sabes que somos muy pobres y sabes de la crueldad con la que nos trata nuestro amo. Te lo he contado todas las comuniones. Creemos en tu gracia, Señor. Cuando venga el Padre Horacio nos enseñará el buen camino. Te lo ruego, sólo deja que la negra noche termine y con la luz de tu día regresaremos al camino.
Alonso abrazó el torso de su madre, mientras ella sollozaba. El escalofrío del suspiro era cada vez más áspero, su piel se agrietaba y sus manos se entumecían. Se iba y regresaba, los envolvía, los asfixiaba y los soltaba.
—Juro que pensábamos que era un regalo tuyo cuando entró a nuestra casa sin rumbo, cuando se entregó a nosotros. No sabíamos que era una prueba tuya, no sabíamos que era tu Cordero, mi Señor. Tú y tu Hijo en carne propia. Perdónanos, te lo juramos.
Mamá se dobló.
—Nos lo comimos señor, perdónanos. Nos comimos a tu Hijo. Eras tú en la carne del prójimo, en la carne de otra bestia. Perdónanos, no sabíamos… Nos lo comimos todo y nos deleitamos en Él. Toda su carne, toda su piel, cruda y cocida. Con sal y con pimienta. Dejamos caer su sangre. Perdóname, te entrego mi vida. Teníamos mucha hambre, Dios mío, no la aguantábamos más. Y mi pobre hijo. También le di de comer. Comió de esa carne.
La vela consumiéndose llegó a iluminar una porción del suelo donde se podía divisar entre la penumbra el bulto inerte. Cada que Alonso volteaba a verlo, Mamá le torcía la cabeza y lo presionaba contra su pecho. El pecho de su madre se estremecía entre rezos cortados.
La luz que desde la ventana se veía al horizonte había crecido de tamaño, las pisadas del suelo retumbaban al ritmo de la respiración.
—Por favor, por favor, por favor. Es que vimos su carne tan suave y sus rizos dorados, pensamos que era un regalo divino, un cordero para alimentar a tus servidores. Cuando mi marido tomó el cuchillo jifero, no gritó ni se quejó. Ya estábamos débiles, con mucha hambre. Perdona al menos a mi hijo, él no tendría manera de saber qué estaba haciendo. Ni supo qué comió. Perdónalo, Dios, me entrego yo para mi purificación, pero mi bebé no.
El suspiro ensordecía cada vez más la pequeña casa, la vela se debilitaba. Alonso le tenía temor a la oscuridad, siempre le decían que en la oscuridad se ocultaba el maligno. Por eso no debía salir al bosque en la noche. Por eso todos los niños se encerraban en sus casas al anochecer. Pero ahora, la oscuridad se encontraba en su casa. Las sombras de la paja, de los muebles, de las vigas de madera se encimaban sobre él.
Las uñas de Mamá se enredaron en su cabello y se astillaron en su piel mientras esta lo apretujaba al intensificarse sus súplicas. Gritos ya. Repetía oraciones, las combinaba y les agregaba sus súplicas. Pero la luz se acercaba al transcurrir la noche. La vela finalmente se terminó. Aunque Alonso podía ver todavía, pues la ventana se había alumbrado. Cefalóforo, su cabeza en sus manos y sus ojos y boca abiertos emanando la luz. El cuerpo chocó con el alféizar.
—¡No mires, Alonso! No mires. Estamos arrepentidos, lo juramos.
Alonso cerró sus ojos al dolerle estos por la centella y se cubrió con el pecho de su madre. No fue hasta que escuchó la voz del sacerdote que se levantó. El padre Horacio lo tomó en sus brazos y se lo llevó, mientras que otros hombres entraron a la casa.
—No veas—. Ya no era la voz suave quebrada de su mamá, era la de la ronca vejez.
La vista de Alonso la tapaba una cobija, se había quedado dormido unos minutos, el Padre Horacio lo seguía cargando en sus brazos a bordo de la carreta. Con sus manitas se abrió de un espacio entre la cobija para respirar el aire fresco y vio una imagen alejándose de él: su amo, Nicolás Valdiviezo, callado junto a su mujer que gritaba y se desgarraba las ropas en el lodo. Sus rizos dorados ya se habían empapado de mugre. Pudo ver los pies enlodados de Papá balanceándose en el aire antes de que el Padre Horacio le tapara de nuevo.
—No veas. El Señor siempre es misericordioso, tú sí crecerás bien.
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