Ponerse de rodillas es algo que pocas mujeres estamos dispuestas a hacer, sin embargo, más de una terminamos cediendo cuando rezamos a Dios para desaparecer ese pensamiento que inunda nuestras mentes e interrumpe nuestros sueños, que se vuelve un miedo constante al abrir y cerrar los ojos. Ese nombre. Aquel hombre.

Idealizar el amor es algo sencillo, sabes que, mirando hacia atrás, la realidad es distorsionada por aquella idea inyectada del romance que te enseñaron las rom-com de los 90s y los libros embarazosos que leíste en tu adolescencia, pero el verdadero dolor aparece cuando recuerdas a esa persona, aquella que logró hacerte creer que todo eso era posible. Si lo piensas, por más que ruegues e implores para que no se vaya, la verdadera devoción llega cuando te das cuenta que eres tú quien no sabe cómo dejarlo ir, aunque él ya no esté en tu vida. Ya no quieres volver. Lo extrañas, pero lo odias y sólo anhelas seguir adelante, sin embargo, tu corazón duele y tu mente proyecta imágenes perfectas de aquello que creías que sería eterno… ¿Por qué?

Hay algo hermoso en extrañar, significa que de verdad apreciaste esos momentos y aquella persona significó realmente algo para ti. Pudo haberte gritado, insultado, dejarte plantada, haber olvidado una fecha importante o incluso haberte sido infiel, mas tu memoria elige recordar aquella única vez que te regaló flores, el cómo te sentías cuando te llamaba por las noches, la primera vez que te besó y te dijo que te amaba. Y eso duele, aquí es cuando ya no sabemos qué hacer, dónde debe intervenir algo divino porque sabes que estás “mal”, sabes que no es sano continuar pensando en la fantasía perfecta; ya no lloras de dolor, lloras por la desesperación de no atreverte a olvidarlo.

Sales con tus amigas, pruebas nuevas actividades, tratas de conocer personas nuevas, te concentras en tu trabajo y ese vacío cae como una gota de agua sobre una roca: al principio es inofensivo, pero la constancia termina haciendo un hueco en tu decisión de superarlo.

Me parece algo poético el concepto de creer en algo más poderoso que tú. Pero creer en serio. Nada de obedecer por miedo al castigo eterno o por sentirte superior moralmente. Atribuimos la fe a las personas mayores, sólo son nuestras abuelas las que rezan todas las noches antes de dormir, quienes insisten en ir a misa; y son también las únicas que encienden una veladora para que su milagro pedido se vuelva realidad. Como católica, creo en un Dios. Nunca lo necesité, Jamás lo llamé. mucho menos pedí su ayuda, pero sabía que era más poderoso que yo, sabía que podía ayudarme en lo que sea. O al menos eso se me había enseñado.

¿En serio se necesita la intervención divina para acabar con el amor de una mujer?

Sí, me consta que sí. Al inicio atribuí esta acción de rezar por el olvido de alguien como un acto único y desesperado al que recurrí por ser demasiado tonta y sensible. Me dio gusto —y preocupación—, descubrir que no era así. Cuando una mujer ama se traduce en devoción, fidelidad y cuidado, al terminar con tu pareja todo eso acaba de golpe, terminas esperando un “buenos días” que ya no llegará y no sabes qué hacer con ese regalo que se quedó en tus manos y no pudiste darle. Pero lo que te preguntas más es: ¿qué hago con todo este amor en mis manos? Intentas dárselo a alguien más, pero no funciona, tienes un amor muy específico a la forma en que movía sus manos, cuando hablaba… ¿A quién se supone que le des eso? Quieres dártelo a ti misma, pero tampoco sirve, sientes como si al absorber tú misma esos sentimientos, también estuvieras absorbiendo una parte de él. ¿Entonces qué?

“Olvídalo, ya pasará”, dicen todos. “Ajá, pero ¿cuándo?”, piensas tú. Te jalas el pelo, lloras, gritas, ríes y te desquicias. Es una fuerza mayor que tú y entiendes que no puedes sola, vas al psicólogo y funciona el día de la consulta, sin embargo, el resto de la semana continúas sufriendo en silencio. ¿Qué sigue? ¿A quién recurres? ¿Cómo superas esto?

La conexión espiritual que tiene una mujer con ella misma es bellísima, en especial por las noches, cuando lloramos y lo sacamos todo. Juntas tus manos, te pones de rodillas, miras al cielo y sin saber oración alguna dices: “Dios, ayúdame a olvidarlo”. Ya no quieres sufrir, sabes que no necesitas pasar por eso y que eres fuerte para superarlo, aunque también necesites esa ayuda celestial para hacerlo realidad.

No sabes si te rezas a ti o al Señor, pero sabes que ya no le rezas a él.


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