El miércoles 26 de noviembre un autobús de la compañía Miradores se volcó en su trayecto. Se dirigía a una comunidad conocida como El Roble, una zona del municipio de Emiliano Zapata, vecino de Xalapa. De acuerdo con diversos medios, las razones reportadas tras la volcadura iban desde un fallo en los frenos hasta que el chofer conducía a exceso de velocidad o que ignoró deliberadamente varias fallas mecánicas.
Independientemente de que fue lo que ocasionó el accidente, lo terrible de la situación es que, de la totalidad de los pasajeros, la mayoría eran adolescentes de un bachillerato que se encuentra en la zona. Al momento del impacto, una de ellas perdió la vida. Con el paso de las horas se dio a conocer que eran 25 estudiantes los que resultaron lesionados y que se sumaban otras dos personas fallecidas.
Leer sobre eso mientras vas en un camión es, cuanto menos, desalentador. Yo me encontraba en un autobús cuando leí la noticia y fue ahí donde vino a mi mente el pensamiento de lo insegura que es la vida en general. A veces estamos tan metidos en la cotidianidad que no nos percatamos de como algo tan común como ir en el transporte público de todos los días se puede convertir en una tragedia colectiva. La falsa sensación de seguridad se rompe con este tipo de cosas (al menos para mí) y me hace cuestionarme qué pasa en esos casos.
Al llegar a este mundo lo más seguro que tenemos es que en algún momento dejaremos de vivir. Sí, no sabemos cuándo, y el ideal es que sea ya en una edad avanzada después de quedarse dormido para siempre, pero realmente no es así. La muerte nos sorprende y, en algunos casos, a unos más que a otros.
Sí, no sabemos cuándo, pero a veces las circunstancias nos permiten anticipar que sucederá, como cuando una persona se encuentra enferma desde hace mucho tiempo o cuando se trata de alguien ya muy mayor. Pero en el caso del autobús de Miradores, ¿cómo saberlo? En mi cabeza sólo puedo pensar en los familiares que minutos u horas antes habían visto a sus chicos y que, de la nada, reciben la noticia de que hubo un accidente y que su hija o hijo ya no está o está debatiéndose entre la vida y la muerte. Es triste imaginarlo y también es triste pensar: ¿me podría pasar a mí? Y sí, a cualquiera le puede suceder.
La interrogante no me permitió dormir esa noche al punto de que, cuando por fin concilié el sueño, mi mente me concentró en una ensoñación donde, en efecto, había un accidente y yo estaba ahí, yo era quien lo vivía. Para bien o para mal, mi subconsciente no fue capaz de procesar qué pasaba más allá de eso, así que lo único que conseguí fue despertarme asustado y con muchos cuestionamientos esa mañana del jueves 27 de noviembre. Después de eso y que procesara un tanto lo que pasó, le conté a Manuel sobre estos pensamientos y fue al contarle que me decidí por escribir al respecto. Fue entonces cuando formulé dos preguntas clave que envié a varios de mis amigos para poder tratar de armar un panorama de lo que pasa después de un evento así y de cómo es eso percibido por los demás. Creo que lo que más me consternaba en ese momento era el despedirme de alguien, el cómo se quedan las personas que uno quiere y ama: ¿cómo lo toman?, ¿con qué se quedan?, ¿quién les avisa o cómo se enteran? Las preguntas eran: ¿qué harías si te avisan que estoy muy cerca de morir? y ¿qué harías si te avisan que ya morí?
Mandé esas preguntas a un total de 17 personas y sólo 5 las respondieron. Creo que era algo esperable considerando la clase de preguntas que son. No a todas las personas les resulta sencillo responder este tipo de cosas, precisamente por las experiencias e incluso heridas abiertas que hay al respecto.
La mayoría coincide primero en un shock emocional o un choque de realidad. Para la primera pregunta me responden con más cuestionamientos: ¿qué te pasó?, ¿dónde estás?, ¿necesitas algo? Un procedimiento común en este tipo de cosas o, digamos, todo lo común que puede tener una interacción así. También está el “es algo que no me quiero imaginar” y sí, creo que nadie quiere imaginarse en una situación así. Por eso es por lo que también vivimos en la falsa seguridad que nos da la cotidianidad o la idea de la juventud, porque es más sencillo evadir lo frágiles que somos y el conflicto emocional que nos crea este tipo de situaciones.
La segunda tanda de respuestas empieza con un “ir a verte”. León y Siunelly dicen que primero tratarían de llamarme y luego, con ayuda de sus mamás, irían a donde estuviera para poderse despedir. Lo mismo ocurre con Fany. Manuel, en su caso, menciona que, dada la distancia de CDMX con Xalapa, rentaría un automóvil para poder llegar lo más pronto posible. En general, la mayoría llegaría para despedirse.
Las despedidas las vivimos a diario y, de hecho, con todas las personas con las que interactuamos en el día. El hecho de decir “con permiso”, “le agradezco”, “tenga buena tarde o día” o un simple “adiós, nos vemos”, todas esas son despedidas, sólo que pequeñas y a veces hasta casi insignificantes. Obviamente hay despedidas que son mucho más difíciles, como el decirle adiós a alguien que sale de viaje, o cuando no volverás a ver a una persona especial por una larga temporada o cuando, por azares de la vida, se toma un camino diferente al de alguien. Son más las veces que nos llegamos a despedir que las que llegamos incluso a encontrarnos.
Pero, ¿cómo despedirse de alguien que se va de la vida?, en todas las demás despedidas siempre existe la idea de que, aunque sea en distancia, siempre va a estar el consuelo de poder saber de la otra persona, ya sea a través de redes o bajo la idea de que en un determinado tiempo se puedan volver a ver o reencontrar. Pero en la muerte eso no pasa, porque ya no hay más, sólo el pasado, lo que fue y sin la oportunidad de saber qué pudo haber sido. León dice que el despedirse sería “alivianar el golpe”, aunque sea un poco. Quizá la acción de despedirse también es motivarse para continuar en honor a esa vida que ya no estará y buscar asimilar lo que vendrá después de una manera mucho más sencilla. Esto me lleva a la pregunta número dos: ¿qué harías si te avisan que ya morí?
Con esta se repiten un poco las reacciones anteriores, sólo que con un cambio: la expresión de los sentimientos es muy diferente, de modo que ya no son acciones las que me responden sino más bien cosas que van a sentir o pensar. Majo, por ejemplo, me dijo que pensar en el hecho de que no volvería a escucharme o reír conmigo sería devastador y doloroso. Para León la escena es aún más descriptiva: “creo que mi ansiedad se agudizaría, me daría asco, comenzaría a disociar más las cosas, la pared, los ruidos y me sentiría culpable de no haber pasado más tiempo contigo”. En cuanto a Siunelly, la idea le hace rememorar lo que le pasó cuando Liam Payne: ella en estado de shock e incapaz de llorar, reaccionando y asimilándolo hasta algún tiempo después. Algo así como aquel capítulo de Malcom donde Hal llora la muerte de su padre cuando ve una pluma.
Creo que además de las reacciones tristes y del inmediato, lo que más se vuelve interesante es pensar en cómo te recuerda la gente. Lo considero importante porque al menos en el argot popular se considera que “la gente solo muere cuando uno deja de pensar en ella”. Lo que me dijeron Fany y Manuel me hicieron pensar precisamente en eso.
Fany me dice: “tienes una huella bien marcada en mí, te recordaría en cada canción de Juan Gabriel, en cada risa que pudiera salir de mí estando con los amigos, en cada ropa de color morado y en cada cielo anaranjado que vea.” Para ella, yo seguiría en lo que en vida le pude mostrar o me identificaba, y en esos pequeños vínculos que caracterizaban nuestra amistad. En cambio, Manuel lo ve desde otra perspectiva: “iría a ver a Coral (mi gata) y ver tus cosas […] Creo que las cosas de una persona durante la vida se cargan de significado y aunque la persona muera todas esas cosas materiales ya no son solo cosas materiales sino una historia.” Para él, lo que en algún momento fue mío, después de muerto lo seguirá siendo. Estoy plasmado en las cosas y eso es una manera de tenerme presente físicamente.
Todo eso surgió por unos chicos que desgraciadamente no lograron llegar a su destino, que muy probablemente tenían mucha vida por delante y cuyos familiares tuvieron que ver estas preguntas convertidas en realidad. No he descubierto todavía porqué es un tema que me implica tanto tiempo para pensar. Supongo que se debe a las diversas perdidas que me ha tocado afrontar y donde la sorpresiva pérdida de la vida impacta en mí, sin tener tan siquiera la menor idea de que algo así podía pasar. La primera vez sucedió con mi abuelo, yo tenía 7 años y él solo se empezó a sentir mal. Lo llevaron al hospital, estuvo internado y si mi memoria no me falla yo recuerdo que decían que estaba mucho mejor, pero unos días después sólo recuerdo ser despertado por los llantos de mi abuela y mi madre mientras exclamaban que no podía ser cierto. Yo, tapado hasta la cabeza, lo comprendía: mi abuelo se había ido. Y ahí tienes a un pequeño de siete años pidiéndole a Dios que hiciera algo, que lo reviviera, que regresara a mi abuelo. pero de nada sirvieron esas súplicas que fueron interrumpidas cuando mi mamá me destapo para darme la noticia.
La última vez que vi vivo a mi abuelo fue saliendo de casa rumbo al hospital, todo desde un cristal que había en la recámara y daba para la sala. Jamás lo pude volver a ver y jamás tuve esa despedida tan simbólica. Creo que eso es lo que me hace pensar en todo esto, lo que me hace cuestionarme que es lo que pasaría si yo dejara de existir de esa manera tan prematura.
Para terminar, sólo me queda pensar en vivir, en ser consciente de que cada momento, lugar o situación es un espacio donde puede sucumbir la vida, pero que vivir con ese miedo jamás permitirá ver el otro lado de esa dualidad. Pensar en vivir y en que cada espacio, momento o situación es una oportunidad más para experimentar el momento casi efímero de aún estar.
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