Caí en su cuerpo cansada. Me gustaba sentir unas almohadas naturales en su pecho: cálidas, un poco sudadas, pero suaves. Me sentía bien ahí. El vello que le comenzaba a crecer lo hacían ver mucho más atractivo. ¡Y cómo no me iba a sentir bien ahí!

Cuando me vio por primera vez en el restaurante me dijo que me veía hermosa. Le sorprendió lo sedoso y brillante que era mi cabello y me escuchó toda la noche hablar. Ese problema tengo, es muy común que cuando me emociono hablo sin parar. Me pareció un poco tontito en algunas ocasiones, pero creo que eso podría dejarlo pasar por alto. Tenía otras cualidades más interesantes: sabía mucho sobre vinos y probamos varios hasta que los dos estábamos riendo por nada. Él sabía que uva se daba en cual región y que México, especialmente el norte, ha comenzado a producir más vino estos últimos años por su clima semiárido.

Cuando los humos del vino se disiparon regresamos a su departamento donde seguimos platicando un poco más, ahí me ofreció nieve de café porque dijo que es su helado de crema favorito. Me dijo que yo tenía algo, un no sé qué, que yo era algo más, otra cosa. Si bien nunca he sido alguien que le interese destacar lo diferente que es de toda la población, no negaré que me hizo sentir distintiva, me hizo sentir bella, pensar que yo era alguien con algo que decir. 

Esta vez no sé si lo dejé o yo lo incité, pero pasó todo lo demás. 

Cuando estaba acostada en su pecho me besaba la cabeza: 

“Qué preciosa estás”, decía. 

No soy tonta, evidentemente sé que su furor era del momento, o lo sabía en ese momento, de alguna manera, en algún grado. ¿Supongo? 

“¿Lo piensas de verdad?”, pregunté. 

“Sí”. 

“No todos piensan lo mismo. Yo creo que siempre he estado en conflicto con mi apariencia mediocre. A pesar de lo mucho que valore mi intelecto, reconozco que mi apariencia es lo primero que se presenta. No soy fea, ni soy bonita, lo que supone que soy medianamente bella, pero también supone que soy medianamente fea, y eso no me entusiasma tanto”. 

“¿Tú crees eso o te lo han hecho creer?”, me interrumpió. 

“Los dos. Hay días donde me siento la persona más hermosa y me arreglo para salir, pero llego al lugar donde hay mujeres diez veces más hermosas que yo y me siento un poco tonta por pensarme con el adjetivo ‘tan’. Me veo ‘tan’ bella, cuando afuera la realidad es me veo bien. Punto. Hay noches donde se acercan chicos a hablarme y otras donde parece que me evitan, o no me ven.  Supongo que la gente que es fea de verdad tiene un poco de ventaja, así como la gente verdaderamente bonita. Ellos saben dónde se encuentran, los que somos mediocres de apariencia estamos en el limbo”. 

A este punto yo ya había levantado mi cabeza de su pecho y me había sostenido en mi propio brazo. Él me miraba mientras me acariciaba la piel. 

“Para mí eres muy bella, preciosa”. 

Me molestó un poco su deshonestidad, pues él ya me había contado sus inseguridades. Yo había escuchado, respondido, aconsejado con sinceridad: me habló de su familia a la que no ve, de su papá al que no puede perdonar, de su expareja a la que engañó. 

“Soy lo suficientemente bella e interesante para que me cojas, para que tengas una conexión de una noche, no para una vida, más bien”. 

“Es cierto. No me veo teniendo una relación contigo. Quizás para los demás no eres lo suficientemente bella o interesante o inteligente. Creo que para mí en alguno de esos aspectos eres insuficiente. O simplemente no les importas lo suficiente”. 

Agradecí en mi mente la sinceridad, pero en mi cuerpo un calor se trasladó como anillo de fuego. A pesar de que me jacte de ser una persona sincera y que prefiere que le digan la verdad, siempre espero que esa verdad esté suavizada. Espero que esa verdad esté envuelta en seda o terciopelo para digerirla a mi ritmo, que pueda no afectarme. No lo dijo de manera grosera, lo dijo en un murmullo. Todavía me acariciaba la piel. Pero no me agrada el rechazo, no me sienta bien, no lo tomo con la madurez. Aunque por fuera diga palabras razonables y de aceptación, por dentro me duele un poco el corazón, se derrite y me deshace el interior. 

A mí ni siquiera me gustaba para algo serio a largo plazo. No me parecía tan inteligente, a pesar de ser demasiado atractivo, pero, en alguna parte de mi interior esperaba que él se obsesionara conmigo, que me viera extraordinaria, como nunca me he podido ver yo a mí misma. Que con palabras me llenara como un saco roto. Pero ningún tipo de halago me es suficiente, entra al saco y sale. Quiero más, siempre quiero más, que se rían de mis chistes, que admiren mi vestimenta, que se asombren por mi intelecto, que sus ojos se iluminen por mi belleza. Cuando me encuentro con el rechazo, ese agujero de ese saco se hace más grande, porque a veces soy demasiado: impresionante o empalagosa, estridente o imponente; porque a veces soy muy poco: prudente o inútil, recatada o insegura, abrumante, desbordada, irrelevante, nada especial.  Adjetivos me sobran y ninguno captura mi esencia, porque no tengo. Soy. Me veo bien. 

“Supongo que es cierto”, dije sin más qué agregar. Miré hacia la pared. 

“Vente, ya, para mí eres hermosa”. Me acercó hacia él y yo me dejé tomar por sus brazos. 

“Sé que esto no va para nada, pero pensé que quizás te gustaría verme de nuevo, para coger, para platicar, supongo”. Sugerí vergonzosamente. 

“Veremos, me caes bien, pero tendría que ver”. 

“Igual tienes mi número”. 

Como todos mis encuentros de este tipo duramos dos días más platicando por mensaje, luego envié un último mensaje y él dejó de responder. Un silencio estático cuyo significado yo ya conocía. Pero, como toda verdad a la que me enfrento, la desenvolví de su envoltura con la esperanza de que mi conjetura fuese errónea. Pero, no. No volvió a llamar, ni a enviar mensajes. Solo silencio. 

Días de todo tipo pasaron y pasan. Con lluvia, con viento, con tierra, con sol. Me vuelvo a alistar, me veo al espejo, me veo… bien; paso por el umbral de la puerta y otro chico me dice lo bella que me veo, que soy algo más, que tengo algo que él no sabe qué. Ya no sé si es intencional o de manera inocente, pero decido creerle por al menos unas horas. Antes de sentir lo mismo después. Como un paliativo.


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