Sin importar el medio, inclinación política, apertura de un régimen o modelo económico, pareciera que hay una sombra que nunca deja de perseguir a país, región y lugar cualquiera: la búsqueda insaciable por el crecimiento económico.
Según INEGI, el Producto Interno Bruto mexicano equivale a 35 billones de pesos, teniendo una tasa de reducción aproximada de un .2%, respecto al año anterior. Ahora, la sombra del PIB y su “relevancia” siempre son, como todo dato estadístico, objeto de interpretación, la deforestación de un bosque y su venta aportan a este, la destrucción de nuestros montes, bosques, manglares y ANPs (Áreas Naturales Protegidas) para la creación de lujosos complejos hoteleros y residenciales, también aportan a ese PIB. Ante tal panorama, naturalmente cabe preguntarse si la lógica bajo la que operamos la economía no está quedando obsoleta ante los inminentes efectos de la devastación ambiental y las necesidades humanitarias. Sin embargo, no faltará quien defienda que todo esto es una artimaña, que la mediocridad invade las mentes por no querer visualizar el crecimiento económico como la puerta a la prosperidad individual.
Pero pensemos un momento en la famosa paradoja de la escalera de Escher, sí, aquel cuarto dónde se asciende por escaleras que llevan a ningún lado.
¿Qué pasa con el crecimiento si este deja de ser un medio, y pasa a ser un fin en sí mismo? Pues que se convierte en el escenario perfecto para la tautología de la acumulación, el crecimiento se justifica a sí mismo, y se convierte entonces en una maquinaria imparable, una bola de nieve.
Y a todo esto, ¿cómo afecta este crecimiento a una persona “de a pie”? Nuestro país lleva en franco retroceso rural desde hace más de setenta años. Las ciudades han sido, en buena medida, polos y beneficiarias de ese crecimiento.
Pero hoy en día, las promesas del crecimiento como paso para alcanzar la prosperidad se han desvanecido. Si echamos la mirada hacia atrás nuestras ciudades son una materialización, en el concreto, de ese modelo de crecimiento acumulativo: unas pocas zonas acumulan los grandes espacios, los mejores servicios, las comodidades de la modernidad, mientras que el resto se apretuja entre viviendas y espacios francamente diseñados para desganar al asalariado, para que desconfíe del vecino y quiera encerrarse en su casa una vez regresa de su trabajo, que poco le interese hacer de ese lugar uno mejor.
El papel de ese crecimiento y el sentido que le damos nos impacta no solo como una estadística, está en cada paso que damos por las banquetas. Porque habitamos el reflejo de ese sentido que le damos al crecer, el reflejo de las grandes decisiones (¿y quién las toma?). Es inevitable darse cuenta de que lo que nos está reflejando esa banqueta, ese camino al andar, esos centros históricos que parecen museos temáticos en miniatura, es que ese crecimiento del que le hablaron a nuestros abuelos y a nuestros padres no está diseñado para la mayoría. Ese crecimiento nos quiere escupir de nuestras casas lo más temprano posible, engullirnos en las fábricas y los comercios por más de medio día, para finalmente acarrearnos de vuelta a casa o a donde puedas consumir (sumándole ganancias en el proceso).
De seguir habitando los espacios como lo hacemos hoy llegará un día dónde no quede lugar que habitar, ninguna sombra será suficiente para retener el calor de estos reflectores de concreto en los que transitamos a diario. La relación que establecemos con nuestros espacios, desde el más íntimo, cómo nuestras casas, pero sobre todo con los de la comunidad: nuestras calles, nuestros parques, las plazas, debe re-pensarse, en la medida que esto signifique reconocer que el que vivamos en una ciudad más grande, que abona más a ese “crecimiento” carente de dirección, no es una señal de que vivimos mejor. Debería crecer la confianza que podemos tener en los demás que nos rodean, porque esa desconfianza perpetua en la que vivimos hoy se ha vuelto un negocio muy rentable, la “plusvalía” de la exclusividad, de estar lejos del “otro”, de quien viva fuera de los muros cualquier coto.
Definitivamente, debe de crecer el cuestionamiento a la forma en que se expanden hoy nuestras ciudades y su papel como escenarios a nuestro modelo de vida y producción, ese en el que tantos creen y que, a mi juicio, a diario nos refleja a la vista el desprecio que nos tiene. Muchos lo ven, pero como se mira rápido, desde un parabrisas, se creen exentos. Entonces, el problema no es crecer, sino preguntarnos, ¿crecimiento para quién? y ¿crecimiento para qué? La única respuesta es clara: debe crecer la comunidad, deben crecer los espacios para compartir ideas y estirar las piernas, deben crecer el tener donde respirar aire limpio y dónde no tener que pagar para disfrutar de la experiencia del estar. En fin, en este modelo de crecimiento el papel que cumplen las ciudades es claro, y la necesidad de cuestionarlo también, mientras nosotros discutimos y desconfiamos, unos acumulan, esa bola de nieve sigue creciendo para ellos.
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