6:00 AM
Josefina pagó los ocho pesos y caminó unos pocos pasos en el puente. Se topó con la cola de la fila. Era enero, ya habían entrado las escuelas a su ciclo escolar. «Siempre tienen los letreros de fila de estudiantes, pero nunca la abren. Qué descarados son», pensó.
El viento recogió la arena del río seco que se petrificó bajo el puente. Ella parpadeaba rápido para que la arena no le entrara a los ojos, aunque en vano. Prefirió cubrirse con su mascada.
A unas cinco personas de su lugar, una señora se peleaba con unas chicas de preparatoria.
—Para eso está la fila, respeten. Le voy a tener que hablar a un oficial.
Los estudiantes alegaban no querer llegar tarde, aunque realmente parecía que querían ir a platicar con las muchachas de ahí. Al final, la terquedad y el escándalo de la mujer triunfó y los jóvenes se regresaron al final de la fila con la cola entre las patas. Todavía, incluso después de haber ganado, se escuchaba a la mujer indignarse junto con otra mujer que se encontraba en la fila y que parecía ser igual de mitotera.
—No, es que piensan que a uno también le gusta despertarse a las 4 de la madrugada para cruzar caminando con este frío.
6.40 AM
—¡Next! —gritó el oficial, después de haber regañado al cruzante anterior.
«Ay, ojalá me toque la güerita, ella siempre es bien amable. Tan linda con su voz bien suavecita y siempre le sonríe a uno. Ojalá no me toque el pinche pocho, siempre es bien grosero».
—¡Next! El que sigue —gritó el pocho.
Josefina se acercó al oficial y su computadora. Se alejó para permitir que la cámara validara su identidad.
—¿Por qué cruzas tan seguido usted? —preguntó, mascando su acento.
—Porque los viernes y lunes cuido a una tía que está enferma.
—Pues no te creo. ¿Para qué cruzas seguido? No me haga enviarla pa’ atrás.
—Ya le dije: porque cuido a mi tía. Ya es viejita y no tiene quien la cuide esos días. Sus hijas solo pueden ciertos días.
—No esté cruzando tan seguido pues. Dígale que ya no puede.
—Ay, pues si no hago nada malo, nomás cruzo. No puedo cruzar, ¿o cómo? Entonces ni para qué pagué la visa.
—Estás trabajando en Estados Unidos, la próxima vez te voy a mandar a revisión.
—Pues mándeme, cuando mi tía se muera porque nadie le pudo dar su medicamento del corazón, lo invito al funeral y le doy el obituario.
—Don’t be so mouthy, ma’am.
—¿Me regreso o me va a dejar pasar?
—Ya pásele.
«Qué horror estos pochos, qué bueno que nadie los quiere en México».
7:00 AM
Josefina subió al autobús y en los primeros asientos encontró a Malena, su amiga del trabajo. A Malena ya tenía años que la veía en el camión, no usaba carro y siempre traía a su hija la menor con ella a los trabajos. Ya era una madre muy mayor, pero tuvo una hija de último momento. El pilón, dirían.
—¿Cómo le fue hoy de línea, Josefa? —preguntó.
Ya a estas alturas ni la corregía por decirle Josefa.
—Pues bien, solo que me tocó un pocho, ese el que tiene cara flaca, pero nariz gorda.
—Ándele, ya sé cuál. Es bien grosero, incluso a uno que tiene la ciudadanía lo trata mal. Viejo nefasto. Ay, pero esos ya le he dicho que son los pochos que hicieron drop out de la high school. Jodidos nomás, tratando mal a su propia raza nomás por monedas y unos camaros bien chafas. Ni les haga caso, Josefa. Y eso que yo soy pocha, pero como decía mi mami, hasta entre perros hay razas.
—Pues sí, piensan que uno quiere venir a trabajar acá por gusto. Dos horas en la fila para todavía verles la carota, pero este puente es el que me queda más cercas y la ruta del autobús es directa. La verdad cuando van a México a los pochos los trato mal, les hago caras y si me hablan me hago la sorda. Son bien malcriados. Los lepes agarran la cultura gringa de ser bien contestones.
Para Josefina era muy fácil distinguir a los pochos, no sólo por el acento espantoso que resaltaba donde quiera sino también por los malos modales que tienen en cualquier espacio público y por sus gritos que se escuchan en todos lados.
«Además de que siempre son como diez lepes y los papás ni sus luces».
También los distinguía por usar sandalias con calcetines, por usar ropa deportiva en lugares públicos donde uno se tenía que vestir bien (el cine, por ejemplo) y porque las pochas siempre andaban greñudas con un molote mal hecho. Eso y porque apestan. Eso y por sus trocas ostentosas, fronterizas o con placas de Texas, Arizona, California o Nuevo México.
—Ay sí, comadre, qué bueno. Allá en México siempre soy bien cuidadosa, porque la gente es más fina en México. Si viera a mis tías de Puebla y de Hermosillo, no salen ni al mandado sin su tacón ni sin su pantalón. A mí ya se me hace de más, pero tan guapas que se ponen siempre. No como aquí, en pijamas todos fodongos. Y sus pinches crocs. Ahí me tiene a Adrianita: «quiero unos Crocs, mami, para ir a la escuela y los quiero con charms y la madre». Ay no, se ven bien feos, aparte puro niño con el calzón cagado los usa.
A veces Malena era un poco vulgar y ocurrente, pero a los ojos de Josefina era al menos muy agradable y muy honesta.
—¿Cómo le fue esta semana en la casa de la señora? —preguntó Josefina.
—Cansado como siempre. Y a ni sabe que ayer la jefa me dice que le deje a Adrianita para con ella. Que porque ella puede registrarla en la primaria ahí en la zona y está más padre y no sé qué. Que porque el school district donde estamos está muy feo. Adriana nomás le ayudaría con cosas de la casa, pero ella le da room and board. ¿Usted cree? Qué ocurrente. Adriana como que sí quiere, pero se me hace bien rara esa señora. Aparte no lo dijo, pero bien que sé que piensa que mi distrito es bien ghetto. Y pues sí, pero no por eso voy a andar regalando a mija.
Josefina comenzó a perder el hilo del monólogo de su amiga. Sus ojos se perdieron en un tubo portaplanos que traía una joven que iba de pie en el autobús. Se veía cansada, ojerosa. Josefina pensó que a ella también le gustaba mucho dibujar de pequeña, se la pasaba dibujando casas y vestidos, diseños que perdió con el tiempo. En la primaria su profesor le había dicho que era muy talentosa para el dibujo y las cosas creativas. Se compraba de vez en cuando revistas de interiores o cuadernos de dibujo para ahí plasmar sus ideas: le gustaba ver a las jóvenes con sus maletines, sus mochilas y su material universitario; aunque si ella estudiara, ella no andaría igual de fodonga en la universidad. Cuando veía de joven a las chicas universitarias, estas siempre traían tacón, falda y blusa. Las de derecho y contaduría siempre eran las más guapas.
—¡Bajan! —gritó por tercera vez un señor.
—No, es que tiene que pusharle ahí, ándele así. Es que si no el chofer no le hace caso. Bien que entiende español, pero se hace güey —le explicó Malena a un viejito que quería bajar desde hace dos paradas de autobús, pero que estaba siendo ignorado.
Pronto Josefina se bajaría del autobús.
8:00 AM
Josefina entró a la casa y colgó su abrigo en el ropero del recibidor. Guardó ahí su bolso y se dirigió directo al cuarto de lavandería donde la señora tenía la escoba.
—¿Ya llegó Josefina? —dijo la señora apartando su celular de la oreja.
—Sí, señora, justo.
—Ah, muy bien. Ahí me hace el favor de lavar la ropa de color hoy porfa’… Sorry it was the help. I was just explaining to her… Yeah, she crosses every day and comes all the way from the East Side. I know, I feel so bad, but Charles doesn’t let me pick her up or send someone. At least he takes her to the bridge in the evening, but still. Pobrecita. They’re getting stricter, she tells me. I don’t know what I’m gonna do if they don’t let her cross. Maids from cleaning companies here are extremely expensive, it’s outrageous. She only comes twice a week and thankfully we only pay her 100 dollars. Which is great for her, considering she lives with pesos. She’s also the only one who puts up with Junior’s temper…
La voz de la señora se alejó junto con ella hacia el patio de la casa. Josefina tomó un vaso de agua y se recargó contra la isla de mármol a la mitad de la cocina. Blanco con dorado. Se veía en el reflejó del cristal del microondas con sus brazos cruzados sosteniendo el vaso y la escoba astillada recargada junto con ella.
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