Son las 4:30 pm y el autobús nomás no se apura, no importó que tan temprano estuviera esperando que llegara, al ser sábado los autobuses siempre se retrasan y más para la zona centro. Estoy contento, pero al mismo tiempo ansioso, ya que voy en dirección al evento más esperado de mi vida (al menos durante el último mes): en el pequeño foro Carmela Reyna se proyectará uno de los momentos más emblemáticos de la historia musical en México, el concierto de Juan Gabriel en Bellas Artes de 1990.
Ha pasado poco más de un mes desde que la Cineteca Nacional tuvo la idea de proyectar el último concierto que ofreció el Divo en el recinto, llegaron cientos de personas a cantar y bailar con él y en ese momento me enfrenté a la envidia, misma que se acrecentó al ver que días después se anunció otra transmisión, esta vez en el Zócalo de la CDMX, una completa grosería para un pobre fan de la provincia.
Exijo, repelo y bromeo con mis amigos, me pregunto con qué personas tengo que hablar para conseguir que en Xalapa hagan una proyección del concierto y si es necesario hasta con el presidente municipal. Necesito vivir lo que ya varios videos me habían mostrado, una noche en la cual el público se entrega completamente a Juan Gabriel como en las mejoras épocas de este. Es entonces que de manera sorpresiva se anuncia la proyección del concierto para el 18 de octubre, las redes del espacio enloquecen y exigen más, así que anuncian una segunda fecha para el 19 del mismo mes, a la cual claramente asistiré.
Por fin logro llegar al centro de Xalapa, el foro está a unos 5 minutos caminando, volteo a mi reloj y me percato que son exactamente las 5:00pm, empiezo a correr porque la intuición me dice que la gente llegará y el aforo es limitado, no puedo perderme la presentación así que voy lo más rápido posible con tal de ser de los primeros en la fila.
Al llegar, observo que ya hay una pequeña hilera que se comienza a formar bajo el sol del atardecer, así que me apresuro a tomar mi puesto en la fila. Mientras espero pongo atención a mí alrededor: la mayoría es un público femenino, personas que aparentan estar entre sus 40 y 50 años, la mayoría viene en parejas o grupos, al parecer soy el único solitario en el momento. Mientras avanzan los minutos la fila crece y con ella la diversidad de gente, personas de la tercera edad que en su mayoría vienen acompañadas de alguna hija, nieto o nieta: “es que mi abuelita quería venir”.
El paisaje sonoro a mi alrededor incrementa, las personas toman fotos, se escucha el sonido de algunas canciones de Juan Gabriel que comienzan a ser subidas en historias. Los comentarios giran en torno a las proyecciones que hemos podido ver en internet: “lo mismo pasó en la cineteca”, “el zócalo estuvo llenísimo”, “pero los de México no eran este, era el otro”. De pronto, la voz de Juan Gabriel interrumpe y lo podemos escuchar cantando un fragmento de “Hasta Que Te Conocí”, son las pruebas de audio que hacen en el interior y aun con sólo esos segundos la gente se emociona aún más, gritamos y aplaudimos como exigiendo poder entrar.
Después de que la atención se dispersara un poco, el rechinido de la reja del foro vuelve a robárnosla y es cuando el encargado nos informa que ya podemos pasar. La fila no lo piensa dos veces y se abalanza hacia la entrada, algunos piden botanas para acompañar la función mientras que otros, ansiosos, nos dirigimos directo a la sala para tomar el mejor lugar posible.
Son las 5:55 y ya nos encontramos la mayoría en nuestros lugares, algunos pocos retrasados entran preguntándose si no han llegado tarde, corriendo a tomar de los pocos lugares que quedan en frente y tomando fotos de la audiencia que ya espera el momento de tener, de alguna manera, a Juan Gabriel de frente.
Se apagan las luces y es cuando comienza el espectáculo, a pesar de que es un concierto que he repetido más de una vez en mi casa o que puedo escuchar en mi lista de Spotify, la sensación en el ambiente es diferente. Mi cuerpo reacciona y me siento como si lo que estuviera por presenciar fuera en realidad algo nuevo, la emoción recorre mi cuerpo y puedo notar que el resto de las personas sienten lo mismo que yo, podemos ver las tomas fuera del Palacio de Bellas de Artes y eso nos lleva al interior de la sala, donde el director marca y comienza la obertura del concierto, al terminar la gente en la sala aplaude, aplausos que se interrumpen con el inicio de la siguiente pieza. En ese momento, donde a coro varias personas expresamos la frase “ya va a salir”, en medio de nuestros gritos podemos ver a Juan Gabriel camino al escenario.
La toma es increíble, por momentos pareciera que el propio Juan Gabriel se encuentra de pie en el escenario del foro y entonces es el cambio de toma lo que de algún nos hace volver a la realidad de que lo que vemos es una proyección. Y aun así, es tan real. Juan Gabriel agradece, nosotros le aplaudimos y comienza “Yo No Nací Para Amar”, el momento se llena de nostalgia y pareciera que en verdad la soledad, cada vez más triste y más oscura se apodera de nosotros, particularmente de mí y sin darme cuenta empiezo a derramar unas pequeñas lágrimas.
Mientras escucho (y lloro), puedo ver como las personas viven la música también: se abrazan a su pareja, cantan en conjunto o se recargan sobre el hombro de su acompañante, tal vez rindiéndose a la posible búsqueda de sentir un cobijo del amor del que nos habla la canción o quizás sintiéndose dichosos de no tener que vivirla en esos momentos. Me recuerda en parte mi adolescencia cuando la presión social te incitaba a querer tener a alguien a “quien amar” y yo, como buen solitario, justificaba mi soltería diciendo que como Juan Gabriel tampoco había nacido para amar.
Mi nostalgia se ve interrumpida por aplausos al ritmo de la música, el foro aplaude junto con los niños que Juan Gabriel tiene en su concierto, es un momento precioso y que a manera personal me encanta. Repaso como esas canciones han permeado mi vida: “No Se Ha Dado Cuenta” fue la canción con la que mi abuelo se le declaró a mi abuela hace unos 50 años (por eso me gusta decir que existo gracias a Juan Gabriel); “Buenos Días Señor Sol” es una canción que de algún modo siempre me hace feliz.
Pero tal pareciera que lo que más disfruta la gente es el sufrir, porque cuando comenzó a sonar “Ya Lo Sé Que Tú Te Vas” pudimos escuchar un “¡esa no!”. En este momento la gente cantó más que en todas las canciones anteriores y es que entre la alegría y el dolor, el dolor siempre es más sencillo de desahogar mientras se canta.
“Qué bueno lero lero, me da mucho gusto, eso y más merece”, repetimos todos al mismo tiempo. Los gritos y chiflidos no se hacen esperar y si mi oído y memoria no fallan, alguien hasta a una madre mandó a saludar. El mariachi siempre saca esa parte alegre y elocuente de la gente: la fiesta, el baile y el canto, lo sé de primera mano pues no en vano soy también mariachi. Con “Inocente Pobre Amigo”, por ejemplo, la gente desahoga el orgullo, aunque también el mariachi puede evocar la tristeza como lo es cuando se canta “Amor Eterno». Es precisamente con esta canción que la sala se transformó apenas al oír los primeros acordes y para la mitad de la melodía se podía ver a la gente secando sus ojos, abrazados, e incluso algunos respirando lo más que podían para evitar los fluidos nasales. Pero eso sí, al término todos se unieron para cantar y aplaudir el que podría ser considerado un verdadero himno de amor.
En el momento que sucedió “Hasta Que Te Conocí”, las personas se transformaron completamente, no sólo hubo cantos, hubo aplausos, movimientos de baile y una gran alegría con las partes de cumbia que incluye el popurrí, pero sobre todo se había perdido por completo la idea de que lo que veíamos era un concierto grabado, sino que en verdad se podía notar y sentir la esencia de un concierto en vivo y todos se prestaron a vivir esa experiencia. Posteriormente todo fue un poco más tranquilo, eso me dio tiempo de observar con más detalle a la gente: nadie se veía cansado y eso que llevábamos más de dos horas ahí, sumándole la hora que hicimos en la fila. Para todos, el momento parece ser especial, “¡weeeey, mi canción!” escuché gritar alguien un poco atrás de mí justo cuando Juan Gabriel comienza a interpretar “Querida”.
Hay una emoción colectiva con “Debo Hacerlo” y si mi astigmatismo no ha empeorado o la oscuridad de la sala no me engaña, pude distinguir que incluso hubo quien se levantó a bailar mientras que el resto seguíamos las indicaciones que Juan Gabriel dictaba.
La música popular invadiendo Bellas Artes, ese es mi pensamiento justamente cuando Juan Gabriel comienza a expresar su deseo de que sus compañeros artistas también tenga la oportunidad de estar en el recinto. Si bien estoy ahí con fines de entretenimiento, por un momento me pongo a pensar en la otra cara de la moneda, en que en realidad también estoy porque ese concierto y ese momento es lo que estudio y lo que estoy por exponer unas semanas después en Guadalajara. “Esas palabras debo ponerlas en mis diapositivas”, es lo único que puedo pensar.
Cuando llegó el final con “Ya lo pasado, pasado” la gente exclamó un “aaaaah” prolongado e incluso hubo quien pidió otra canción. Finalmente, al despedirse Juan Gabriel del escenario fue imposible no aplaudirle, habíamos pasado casi tres horas en las butacas y vivido tanto con la presentación que la única manera de agradecerlo era así. Al terminar, el ambiente se volvió a transformar. El vacío que viene después de un concierto en vivo es enorme. Me pongo mi suéter y salgo de prisa mientras escucho las exclamaciones de “me encantó”, “que lo pongan otra vez”, “lloré cuando…”, “viste que bailaron con…”.
Mientras camino por la calle de Altamirano voy contando a mis amigos lo que viví, lo que sentí y lo que vi, mis sentimientos están encontrados y en lo único que puedo pensar es en que quiero que se repita. Todo lo anterior se interrumpe cuando veo que mi reloj marca 8:59 en punto y pienso en mi camión, corro hasta la parada donde aún alcanzo lugar y ya sin preocupaciones me pongo a escribir todo. No quiero olvidar ningún detalle de esta noche.
Al llegar a mi casa y acostarme reflexiono un poco mis emociones. La sensación de estar en ese concierto fue única, rodeado de personas desconocidas, pero que les une el gusto por algo o más bien por alguien. ¿Quiénes eran? Quizás jamás lo sepa, lo que sí sé es que muy probablemente la mayoría se siente como yo, felices de haber vivido lo que vivimos, pero de algún modo también tristes al volver a casa, retornados a la realidad que evadimos durante esas tres horas donde no sólo se enfrenta la ausencia de estar en el concierto, sino también la ausencia —física, material, irremediable— de Juan Gabriel. Está muerto.
Más optimista, me espabilo y me pregunto considerando todo lo que acabo de vivir: ¿en verdad está muerto? Yo creo que no del todo, porque de algún modo para todos Juan Gabriel estuvo vivo en ese momento, porque la emoción por verlo y su música, teniendo como cómplices a la memoria y la nostalgia nos hace tenerlo presente y así llenar los vacíos que dejó al momento de irse, sanar su pérdida y así, con todo eso, se logra revivir a Juan Gabriel.
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