«Llevo tres días muerto y nadie a ha venido a verme. Tal vez es porque aún no huelo a carne podrida. Estoy seguro de que no tardará mucho en aparecer el hedor pues el calor viene incrementando desde hace algunos días. Sin embargo, llevo tres días muerto, ¡y nadie ha venido a verme!
Es horrible la espera porque el tiempo pasa lento cuando estás muerto, estás como suspendido, como fosilizado en el plano de la experiencia. Solo se te puede ver en recuerdos, memorias y vitrinas que están ahí para ser revisitadas. Es por ello por lo que no suele ser una exigencia de las cosas muertas representarles algo a los vivos. ¡Porque no hacen nada más que estar ahí!
Pero hay algo nuevo en la experiencia de estar muerto: hay otras cosas muertas además de mí. Aunque me desespero al ver que hay tantas cosas muertas a mi lado, olvidadas, estables, estáticas… No puedo sentirme solo porque no soy la única cosa que está muerta. ¡Hay muchas cosas muertas que tampoco nadie viene a ver! Palabras, sonidos, papeles, objetos que solían usarse todos los días como peines, cepillos, vestidos, relojes, entre otras muchas cosas.
De pronto, aunque menos comúnmente y muy de vez en cuando, alguien viene a recogerlas. Las desempolva, las trata con devoción, suele pasar un buen tiempo analizándolas y luego… ¡Y luego las vuelve a olvidar! Las pone en algún cajón o repisa, no siempre en cajones y no siempre en escaparates. Pero siempre para ser olvidadas de nuevo. Eso me entristece mucho, porque no sé si estaban mejor aquí, o si están mejor allá.
Qué ironía ver a cosas que miden el tiempo ser olvidadas. Especialmente a esa gente que tanto se dedicó a ser recordada y a recordar. ¿Qué puede aguantar el paso del tiempo? Es que tarde o temprano veo a todas las cosas llegar aquí, al olvido, al abismo, al deterioro.
Empero, quiero aclarar algo: este abismo tiene compartimentos. Además, son ese tipo de compartimentos que no siempre están donde mismo. Es decir, se mueven con el tiempo, con la mirada. Cada que se le encuentra una estructura definida te cae de sopetón alguna caja que estaba mal acomodada desde arriba. ¿Acomodada en dónde? No sé, pero es que siempre están cayendo cosas sin avisar. Es por eso que el observador tiene el poder de mover los compartimentos, de transformarlos, de destruirlos…
Me da mucha tristeza verlos destruidos. Estaban tan bien ahí, sin molestar a nadie. Casi como flotando en un espacio que no conoce el tiempo lineal. Porque en este abismo, se me había olvidado mencionarlo, no existe ese tiempo que pone a la historia en fragmentos alineaditos y moldeados a explicaciones lógicas y causales. No. Aquí más bien todo está como detenido. Aunque si miras el suficiente tiempo puede que captes las distintas formas del cambio. Esas que no existen ahí, sino acá, al lado de los que esperamos que vengan a vernos.
Es que yo no estoy en el abismo. Bueno, sí, un poco, como entre líneas del abismo, como… en medio, pero diagonalmente hablando. Estoy arriba, pero también abajo, porque observo cuando vienen a vaciar las memorias aquí, y también veo cuando vienen a pescar a los acontecimientos. A veces les ayudo. Me da lástima verlos tirados entre tantas hojas, entre tantas palabras y oraciones, entre tantas lenguas y lenguajes, entre, entre, entre…
¡Alguien vino a verme! Quiere que le diga cosas que no entiendo, que no me pasaron a mí. Pero esta persona está convencida de que me sucedieron y yo no me di cuenta. Habla extraño, eso sí, pero se ve buena gente. Supongo que el hedor obligó a los vecinos a notarme. Traen guantes para examinarme, no obstante les interesa sobre todo fotografiarme. Que quede… registro. Eso, registro. Pero uno de tipo pragmático. Hay que sacar culpas. Estas fotos, si bien, serán anexadas a un expediente y serán olvidadas igualmente. Pero no importa, lo importante es que ya vinieron a verme.
Aunque pensándolo bien, cuando vinieron a verme, ya había pasado mucho tiempo. Y ya ni siquiera olía a muerto. Me di cuenta de ello porque lo que sacaron se parecía tanto a mí como a cualquier otra persona. Me distrajo la emoción y me ganó el impulso de querer ser visto. Por eso me olvidé de la fecha y del lugar y la pregunta. Ya no supe para qué me llevaban. Es probable que para ponerme en algún lugar de esos que son para mirarnos con orden lineal. No como aquí, entre curvas y espirales. ¡Tontos! ¡Eso no era yo!
Y es que no sé si lo había mencionado, pero yo no tengo cuerpo. Tampoco tengo voz, conciencia ni representación física o simbólica certera. Quien habla al momento es un impostor. Han intentado dibujarme muchas veces, retratarme, pero nunca captan la imagen completa, siempre les falta algo. Una parte imprescindible, pero que no podían ver en ese momento porque los compartimentos no estaban alineados, acomodados, accesibles. Es decir le faltaba orden a la mirada. Pero a la mirada, hay que decirlo, superficial. Porque la mirada aguda llegó después. Y esa, esa supo hablar conmigo»
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