Por la mañana compré un tulipán. En Avenida Universidad, frente a un restaurante, compré un tulipán, para ponerlo en un florero pequeño donde sólo una flor cabe, compré un tulipán. Al llegar a casa me dispuse a ver la televisión con mi hermano para descubrir que, otra vez en nuestra ciudad —no ésta, no la capital, sino aquella que nos vio crecer—, tres tulipanes más habían sido cortados y sus cuerpos torturados, calcinados y abandonados en el camino.
Mis padres, en la casa donde por años marcamos los centímetros que mi hermana creció cada mes, seguramente ya saben y ya escucharon la noticia. Ya ni siquiera en la capital de ese estado la brutalidad y la sangre son ajenas. Pienso en mi hermana y no puedo esperar para que ella también se vaya de ahí, que crezca y, como nosotros, marche a estudiar lejos de la sangre que aunque con tanto esfuerzo hemos evitado nos ha visto crecer.
Tengo enojo. Dentro de mí tengo enojo y recuerdo la primera fiesta a la que alguna vez asistí en la Ciudad de México, rodeado de mis compañeros, otros universitarios educados, humanistas y autopercibidos como exigentes en el análisis social. En esa fiesta, uno de ellos dijo a voz abierta que prefería que la gente siguiera muriendo en Michoacán a dejar de comer guacamole y eran esos mismos estudiantes que, más temprano por la mañana cuando un profesor colocó un mapa de la república sin nombres, pero con división política; fueron capaces solamente de identificar dónde estaban la Ciudad de México, Jalisco y Yucatán.
Un mar de vídeos cortos en TikTok acerca de lo irreverente que es Michoacán: balazos, corridos norteños que muchas veces ni siquiera son la de la región, la ridiculización total de la gente en las fiestas de pueblo. Un mar de vídeos cortos que me envían mis amigos y conocidos porque soy michoacano, porque quieren saber si somos tan graciosos como parece, si nuestra sangre es tan desechable como todos asumen.
Ese enojo, un enojo que no puedo expresar porque tampoco sería justo. Todo el país tiembla con las mismas cosas, pero algunos parecemos un chivo expiatorio, como si mientras Michoacán, Jalisco, Guerrero o Guanajuato existan, el miedo y la muerte no llegarán a las puertas de los departamentos capitalinos. Para muchos de ellos todo lo que esté fuera de nuestra mancha urbana es lo mismo: tierra, atraso económico y delincuencia. Regresando de vacaciones, una de esas mismas estudiantes me preguntó que cómo me había ido en mi “rancho”, porque aunque ella vivía en una zona periférica de Chimalhuacán y yo hubiese crecido en una casa de tres jardines para ella era un rancho, lejos de todo lo bueno. “Es que lo importante es que yo crecí más cerca de Bellas Artes” me dijo otro conocido que creció en el barrio bravo de Tepito, porque no importaba que yo hubiese ido ya a Bellas Artes más veces que él, no importaba porque yo seguía siendo michoacano y no podía tener un atisbo de cosmopolita.
¿Como que Morelia no es la capital de Morelos?, me preguntan varias veces. Ya lo asumí como un error común e invito a quien pueda, frecuentemente, a visitarla. Responden con miedo: no viajan de noche, no viajan solos, es un riesgo mortal llegar a Morelia. Eso, como si no fuese un riesgo mortal estar parados en cualquier lugar de este país en cualquier momento, como si no tuvieran conocidos, familiares o amigos desaparecidos, asesinados, reclutados. Eso, como si los tulipanes no se cortaran vivos en todas partes. No sabía que Morelia era tan grande, me dice otro, se sorprenden siempre de no ver hombres campesinos, de descubrir que es una ciudad tan consumida por el capitalismo como cualquier otra. El infierno está en todos lados, sólo un día decidieron que nosotros debíamos cargar con la sangre.
Recuerdo un recuerdo de niño, de un niño que recuerda. Debía ser algo así como a las tres de la mañana en aquel pueblo. Como de costumbre ningún ruido, más que ocasionalmente la lluvia, podía perturbar el sueño de ningún habitante, de ningún ciudadano de aquel lejano país, de ese mismo México que era a su vez tan distante, encerrado entre una sierra tropical donde dominaba el calor y el narcotráfico. Esa hora nocturna reveló un sonido nunca antes escuchado: tres disparos. Tres disparos sobre la piel rígida de mi casa.
Nadie hubiera podido pensar que en ese pueblo inhóspito se hubiera podido gestar una pequeña sociedad donde algunos niños, estrictamente contados, pudiésemos ser totalmente ajenos a una realidad que afectaba a esos otros: los que trabajaban el monte, los que nos cuidaban hasta que teníamos edad de quedarnos sólos en casa, a aquellas señoras, jóvenes y adolescentes que a cambio de un salario medianamente casi aceptable sacudían nuestras camas, hacían nuestra comida y luego partían al llegar nuestros padres de sus empleos que nunca debían tocar la tierra. Con sus niños nunca jugábamos, mis padres nos llevaban a jugar con otros igual de ciegos a bonitos jardines, salas modernas y hasta modestas granjas que servían de entretenimiento, siempre tras la seguridad de paredes familiares. La calle desde chicos nos era desconocida. Los cadáveres, secuestros y lagos de sangre no estaban invitados a nuestros cumpleaños. Hacíamos lo mismo que nos hacen ahora, como si nosotros nos hubiéramos convertido en ese niño eterno.
Pero nos alcanzó, la sangre nos alcanzó y los tulipanes se tiñeron de rojo como si ya no fueran bellas flores. Aquellos disparos nos sacaron de ese ambiente serrano y hasta hoy me es imposible entender las burlas, las críticas y el miedo a Morelia, la ciudad que acogió a mi familia, la ciudad que nos dió por mucho tiempo una vida posible y que nos dejó florecer.
Nadie acaba de entender en qué momento dejamos que esa profunda realidad mexicana entrara a nuestras vidas y a nuestro entendimiento. Para nosotros, niños, la cantera rosa era un oasis. Los ojos de la adultez en cambio no pueden ignorar todo y al poco tiempo todos esos infantes terminamos por saber cómo reconocer el sonido de un disparo, el sonido del plomo. El color de la sangre sabíamos reconocer.
Y aquí en la capital todo sigue igual, somos tantos que ya no nos importa, pobrecitos dicen los vecinos para hablar de Michoacán, para alejar su vida de la vida desechable de mi gente. ¿Cómo vas a llevar esas botas lindas a Morelia?, se van a llenar de tierra, me dijo mi ex casera. ¿Para qué quieres hablar inglés siendo de Michoacán?, me preguntó una profesora universitaria.
Hay que entender que no somos el otro para poder matar al otro. Sobre las largas avenidas, en las grandes universidades, en el cotilleo tintineante de cubiertos contra cerámica los vecinos de estas calles grises lamentan la tragedia ajena, la lamentan tanto que sus miradas se llenan de regocijo por la suerte de estar lejos, de no sentir la textura viscosa de la sangre en su ropa, de que todo eso tan cruel y triste le pase a otros. No me importan los niños bombardeados porque están en Gaza, no me importan las muertes y desapariciones porque suceden más en Michoacán, no me importa en absoluto si mi vecino de a lado se queda atorado en el temblor porque no está en mi casa, porque en cualquier momento y si la situación lo amerita puedo lograr bañar de otredad a cualquiera.
Los judíos en Alemania roban, abusan, traicionan, ¡son otros!; la gente en Gaza oprime a sus mujeres y cometen terrorismo, ¡son otros!; la gente en Michoacán es tonta, campesina, criminal e inculta, ¡son otros! Y los de cualquier otro lado también son otros. El tulipán nunca fue una flor importante en México: no es una gardenia, un cempasúchil o una jacaranda. No pasa nada si no está. No pasa nada si sus tallos se cortan, se destruyen, se violan, se queman. No pasa nada si deja de ser flor.
No pasa nada si se secan los tallos de mis personas, de mis padres, vecinos y hermanos, son tan otros que escribir incluso nuestro nombre: michoacanos, resulta disonante en esos registros que con pretensión se nombran artísticos. Divertido. Como que no debiera estar ahí, como que lo primero que causa en varios capitalinos es una cierta diversión. Michoacán, qué curioso.
Ahí, aquí, en Veracruz, Sonora, Chiapas, tenemos nombres. No somos otros. Todos somos los otros de otros y nuestras muertes pueden ser indiferentes a cualquiera. Ella, asesinada. Él, violado. Ellos, calcinados. Yo vivo, ciego, ignorante, indiferente.
Lamento tanto que en Morelia la sangre corra por las calles, que sea un negocio tan redituable el sufrimiento de mi gente, pero lamento más que esa misma sangre se deslice por la mirada de las personas con tanta frecuencia, con tanta naturalidad que los ha empezado a hacer reír.
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